lunes, 29 de septiembre de 2014

PINCELADAS LONDINENSES (I)

¡Cómo vuela el tiempo! ¡Ya  han pasado cuatro meses de nuestro viaje a Londres! Pero aún tengo presentes muchos buenos momentos pasados en la sorprendente capital del Reino Unido. Un buen ejemplo de ello son estas PINCELADAS impresionistas que fui escribiendo allí.





Comer al aire libre sobre el césped de St. James al amparo de un plátano centenario es vivir el tiempo sin que pase de largo a la vez que te sientes más joven y más libre, como las ardillas, que a su antojo se mueven vivarachas de aquí para allá sin miedo a los visitantes.

Al Victory’s Park le han robado momentáneamente los burgueses de Rodin.

En la Tate Gallery puedes encontrar desde puertas de automóvil tiradas sobre el parquet hasta restos sublimes del alma de William Blake.

Hay madera suficiente para abastecer mil hogueras de San Juan. Pero también un Rossetti que te levanta encendido del suelo.

Y un atleta luchando a muerte con una Pitón () apartando con su brazo derecho extendido las fauces abiertas de la serpiente.

Y un Grupo familiar, inseparable, de Moore.







Y un soberbio Autorretrato de Turner que te obliga con su mirada determinante a que te quedes en su sala para entrever el Castillo de Morttam entre la niebla amarillenta.

En casi todas las nieblas de Turner late el alma de las ciudades antiguas, Venecia entre ellas.

Sensación la que causa esta luz viajera, que amanece en las montañas y muere en el mar.

Sólo por regalar a la mirada esta Creación de Adán de Blake, la Tate merece figurar en el cuadro de honor de los museos del mundo.

O su Piedad, acompañada de estos dos magníficos corceles blancos que vuelan.

O en el colmo del estremecimiento, su Casa de la Muerte.

De pronto hay que sentarse unos segundos para evitar que los sueños del artista te arrastren con sus misterios arrebatadores.

Una forma relajada de vivir Londres es beber Londres en sus distintas cervezas.




Con sus cuatro ojos, permanentemente abiertos, el Big Ben lo ve todo.

Tumbado sobre la hierba de la Abadía de Westminster, cierro los ojos unos minutos para descansar de la abigarrada y abundante belleza que llevan acumulada en sus retinas, y cuando los abro de nuevo entreveo el cielo azul y limpio entre las ramas de los árboles, fuente de claridad que destaca todo principio de belleza.

Si St. Margaret Church tuviera pies (le sobra corazón para hacerlo), se iría a otro barrio antes de seguir apabullada su sencilla modestia (pese a ser lugar de casamiento de ilustres personajes  de la historia británica) por la exuberante arquitectura de la Abadía, que a su lado requiere toda atención.

Aún no he visto, cosa rara (y eso que Londres posee una fauna rica y variada), un solo perro por aquí (¡qué diferencia respecto a nuestro país!).

Al Mandela de bronce que ocupa un pilar de la plaza lo han retratado con la boca abierta y una mano extendida como si fuera un cantaor flamenco (bronce bien distinto del que esculpió Walters y que fue colocado delante del Royal Festival Hall en 1985, rostro serio que confirma su frase “La lucha es mi vida”).

Iniciar la visita de la Nacional Gallery por el magnífico dibujo de Leonardo da Vinci de la Virgen y el Niño con santa Ana y san Juan Bautista es entrar a corazón abierto en el misterio del arte. Es como asistir al nacimiento de la luz en la cueva de Platón.

Y continuar por Rafael es encontrarse de golpe rodeado por la misma claridad que alumbra los silencios del alma sobrecogida por la devoción.

Claro que enseguida La Mofa de Cristo (en vez de llamarse la Coronación de espinas) del Bosco nos conduce al otro arte, al del guiño de la ironía y el humor, haciendo así una especie de greguería de la belleza, con esos rostros cercanos al cómic de los cuatro sayones que se burlan de la figura del Salvador.

La Venus de Boticelli se ha vestido después de llegar a tierra desnuda a bordo de una concha gigante para velar la siesta de Marte (dicen que dios de la guerra, si bien en este cuadro cualquiera puede imaginarse a qué guerra se refiere). ¿En qué estarán pensando los risueños faunillos que se entretienen jugando con las armas de guerrero semejante?

El gigantesco Gallo azul subido a un pilar de la Trafalgar Square, a pocos pasos de la columna donde Nelson sueña eternamente con su gloria, debe tener en vilo por las noches al dormido Almirante. ¡Como le dé por soltar repentinamente su enorme quiquiriquí!

El placer que proporciona, después de un día agotador de descubrir historia y arte por medio Londres, una suculenta hamburguesa de la tierra sólo es comparable a la visión de ver caer lentamente la noche sobre el Soho poco antes de coger la cama.

Lo peor de Londres por la noche es sin duda tener el apartamento encima mismo de un pub.

Las colas de gente en la capital del país son tan típicas como los teléfonos rojos plantados en mitad de las calles. Enternece ver a los ejecutivos formar colas inmensas para comprar la comida al mediodía minutos antes de refugiarse con las bolsas en un jardinillo delante de una iglesia o en las praderas de un parque para comer.

Pero asustan verdaderamente por las noches las colas que hacen los bebedores de cerveza en las aceras de los pubs.

La escalera del apartamento huele tanto a humedad y moho, que me entran ganas de rebautizar el barrio con el nombre de Moho, en lugar de Soho.

A Pórtland Place se ha venido a vivir todo el siglo XVIII en pleno (en arquitectura debo añadir): ménsulas, columnas, carneros, semicírculos en las puertas, ladrillo marrón, almohadillado, balconajes de hierro forjado, miradores blancos… Vamos, el estilo de los hermanos Adam omnipresente.

En el silencio y sosiego de Regent’s Park unos troncos muertos, alineados por la mano creadora del hombre, duermen sobre el césped.

Cantan cerca los chorros de las fuentes y los acompañan los ecos de nuestros pasos recorriendo los paseos.

Hay jarrones grandes que sirven de jardineras con tierra nueva para dar vida a plantas que adornarán en un futuro próximo esta callada belleza vegetal.

Y rápidas e inquietas ardillas solitarias que corretean en los parterres sin asustarse de nosotros, verdaderos intrusos en esta paz que a ellas les pertenece.

Cuatro leones alados que mantienen las fauces abiertas aguantan con sus lomos una jardinera de aire dieciochesco.

Al final del paseo una fuente habla en voz baja para no molestar a una solitaria lectora que ocupa el cenador cercano.

El pequeño jardín de St. John Lodge incita a dar un paseo romántico por sus rincones ya desde su entrada, enmarcada por arcos enredados por clemátides.

Una jardinera con trompetas de ángel subida a una columna parece cerrar nuestros primeros pasos en un arco de tejos como valla.

Pero al llegar, nuestros ojos descubren a la izquierda otro recinto del jardín, donde nos espera una ardilla solitaria con las manitas levantadas.

En el centro se levanta, sobre una pila de agua muda, el grupo escultórico dedicado a Hylas, el argonauta que cayó en manos de las sirenas y murió ahogado en  el río Ascanio, situado en sus dominios subterráneos. Aquí vemos al infortunado Hylas luchar en vano por librarse de la sirena que lo abraza por las piernas.

Me ve escribir estas notas un mirlo que salta sobre el césped llevando un frutito en su pico.

“A todos los defensores de los desvalidos”, leo en el monumento en el que la estatua de una pastora lleva un corderillo bajo el brazo. Con una vara en la otra mano, subida en su pedestal me mira con sus ojos compasivos. Debo parecerle un ser indefenso.

Éste sin duda es un jardín secreto, donde hasta un tronco seco duerme la paz de sus viejos recuerdos en un rincón escogido expresamente para él.

Donde los pétalos de las rosas (aún conservo uno entre las páginas de mi libreta) salpican de blanco, a modo de nieve vegetal, el césped del paseo.

Donde un banco de madera, dedicado a un personaje que visitó este jardín (en Londres es una costumbre generalizada clavetear una plaquita dedicada a una persona en los bancos de los parques, jardines, incluso grandes avenidas), nos invita a sentarnos y a meditar sobre lo que estamos viviendo.

Donde un grupo escultórico formado por dos rostros que se miran titulado “Despertad” recuerdan a una tal Ana Lydia Evans (1929-1999) que compartió el secreto de este jardín.

Mientras iniciamos el camino de salida, siento pena dejar este puerto de paz ante la inminencia de verme otra vez en brazos del mar trepidante de Londres, que me espera ansioso.

lunes, 15 de septiembre de 2014

CON MIGUEL DELIBES





Durante este verano (queda poco ya de él y aún me falta la lectura de algunos libros que había planeado leer) me he dedicado a releer a los autores españoles que  más me dicen al corazón. Uno de ellos es sin duda Miguel Delibes de quien destaco  
LA LITERATURA EN UN AÑO DE MI VIDA

Un año de mi vida (Destino, 1972) es un libro muy peculiar de Miguel Delibes (1920-2010). Escrito a solicitud de su amigo y editor José Verges, recoge impresiones vividas durante un año casi justo, desde el 26 de junio de 1970 al 20 de junio de 1971, por el autor de, entre otros, El camino, Las ratas, Con la escopeta al hombro, USA y yo, Parábola de un náufrago o Cinco horas con Mario. Impresiones que van desde el mundo político hasta el deportivo pasando por asuntos ecológicos, que siempre preocuparon a Delibes, o literarios, que son los que le tuvieron ocupado la mayor parte de su vida.
Los asuntos literarios que aparecen en Un año de mi vida presentan un abanico muy amplio y van desde las meras lecturas del propio Delibes hasta comentarios sobre su obra, pasando por semblanzas de escritores conocidos y muchas veces amigos del autor y conferencias u opiniones sobre la narrativa en general. Siguiendo esta clasificación, un tanto cogida por los pelos, distribuiré este modesto trabajo en cuatro grandes apartados: 1, Lecturas de Delibes; 2, Comentarios sobre su obra, tanto referidos a sus contenidos como a su forma, técnica y estilo;  3, Semblanzas de escritores; y 4, Conferencias y opiniones ajenas y propias sobre la narrativa.

1. Entre las lecturas efectuadas por Delibes en ese año de su vida, destacan las siguientes:
“Relato de un náufrago”, de Gabriel García Márquez (14 de julio de 1970) “Hoy leí “Relato de un náufrago”, de Gabriel García Márquez. Estos cuadernos de Tusquets Editor son un acierto (el epistolario sentimental de Freud era una delicia). La narración del desastre marinero es tan viva y vigorosa que me mareé” (según Delibes eso de marearse le había ocurrido viendo una película pero nunca leyendo un libro).
“Olas sobre una roca desnuda”, de Terenci Moix  (29 de julio de 1970). “Oliveri, el protagonista, afirma que es el residuo de una sociedad burguesa que él no ha creado y, por tanto, no es responsable, pero yo pienso que es un cínico, ya que si la sociedad que nos ha engendrado no nos agrada, lo que hay que hacer es trabajar para cambiarla, no huir. A mí los ideales burgueses me deprimen, pero los del heredero de estos ideales, el joven Oliveri, sencillamente me revuelven las tripas. (…) Afortunadamente, Moix, con mucho talento, expone únicamente la actitud de un pequeño sector juvenil. El libro revela a un buen escritor. La mezcla del lenguaje culto con el taco (…) está aquí bien administrada. El epistolario de Oliveri es interesante. Se me ocurre que quizá por aquí puede encontrar una salida la novela moderna. La obra participa del relato, el ensayo e incluso la poesía, esto es, más o menos, como el “Nouveau roman”, pero el libro de Moix es mucho más enjundioso y penetrable que éste.”
 “Las memorias de Mosby”, de Saul Bellow  (22 de agosto de 1970). Después de afirmar que el libro está bien y que, según ha leído en “El Norte”, su última novela es un “best seller” en Norteamérica, de lo que se alegra mucho, añade: “A mí Bellow me parece un gran caracterizador de tipos: el más directo heredero de Steinbeck. Es duro pero tierno y, cosa importante, su sentido del humor está muy desarrollado. Cada día admiro más a los escritores con sentido del humor. Será porque escasean. Pero para exponer problemas graves no juzgo imprescindible la gravedad. El neorrealismo italiano nos mostró auténticas llagas con la sonrisa en los labios. Eso es el talento.”
“Los rusos de hoy”, de Leonid Vladimorov (4 de septiembre de 1970). “La lectura me ha interesado, aunque el libro, sin pretensiones filosóficas por supuesto, es demasiado esquemático e incompleto. De todos modos, después de lo visto en Checoslovaquia, lo de Rusia no me ha sorprendido. Los miembros del partido equivalen a los privilegiados en los sistemas capitalistas. Su dios también es la producción. El hombre sirve a las máquinas. Y los desheredados, como en Occidente, viven hacinados esperando ocho o diez años a que el Estado-padre les ceda un piso de treinta metros cuadrados. El capítulo referente al control de la Prensa lo podía haber escrito yo. Es la misma cosa.”
 “San Camilo”, de Cela (20), La antinovela, de Bernard Pingaud (21), Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa (27), La sociedad del futuro en Pérez de Ayala, Huxley y Orwell, de María Teresa Font (29), El Giocondo, de Umbral (37), Jusep Torres Campalans, de Max Aub (40), Celtiberia, de Luis Carandell (43), Sobre la libertad, de Stuart Mill (44), Contrapunto, de A. Huxley (49), Almuerzo desnudo, de Williams Burroughs (54), Love Story, Eric Segal (57), 30 años de teatro de la derecha, de José Monleón (63), Galimatías y tomaduras de pelo, ensayo de J. Ferrater Mora (65), Retrato político de los USA, de Pierre Dommergues (71)

2. Entre los comentarios o estudios (tesis, tesinas, etcétera) de la figura de Delibes o de sus obras hechas por investigadores de todo el mundo o por él mismo, apuntan las siguientes:
“Las guerras de mis antepasados” (8 de julio de 1970). Estando una temporada en Sedano, localidad a la que Delibes iba mucho para encontrar la calma que necesitaba en medio de su ajetreo literario, se lleva allí las notas “para escribir una nueva novela – “Las guerras de mis antepasados”, aunque añade enseguida: “No creo que me meta con ella. Me encuentro cansado. Con la correspondencia, preparar un prólogo que me pide el “Reader’s Digest” para un libro de viajes, colaboraciones, visitas y viajes a Valladolid tengo bastante.”
“La mortaja” (25 de julio de 1970). Dos muchachos cineastas de Madrid van a verlo a su casa para proponerle hacer una película sobre “La mortaja”. Nos recuerda que también un mes antes otro cineasta le propuso hacer otra película sobre “Parábola de un náufrago”. Sobre la realización de una y otra, Delibes dice: “La mortaja” es un tema muy leve (si el espectador no se interesa por que el niño logre vestir a su padre muerto, el filme fracasará) y delicado. Más difícil aún me parece  la “Parábola”. Aquí, si los recursos empleados para comunicar al espectador la angustia del cerco son inadecuados, la película puede caer en lo grotesco y salir el tiro por la culata.” La película sobre “La mortaja” (con el mismo nombre y dirigida por José Antonio Páramo) salió en 1974.
 “Miguel Delibes: Development of a writer, de Edgar Pauk (10 de agosto de 1970). Se trata de un volumen de más de 500 folios que el propio Edgar Pauk muestra al autor en su casa. Allí, preguntado por el investigador “¿Qué tiene Viñó contra usted?”, Delibes le contestó que nada, y añadió: “Son dos maneras diferentes de entender la trascendencia. Para él llamar Pierre al protagonista de una novela, ambientarla en París y arrancar diciendo: “Hoy he roto con Dios” es muy trascendente. Para mí, la trascendencia depende de la carga humana de la novela, aunque el protagonista se llame Crescenciano.” Después de cenar charlaron un rato y Pauk le explicó el trabajo, “ya que yo no leo inglés”, y a Delibes le pareció bien orientado. De hecho, la tesis de Pauk acabó en el libro “Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974)”, que publicó la editorial Gredos en 1975. Tiene los siguientes apartados: 1, Introducción, con dos epígrafes, uno dedicado a la novela española desde 1860 hasta el momento en que Delibes apareció en el panorama narrativo, y el segundo, a la biografía del escritor vallisoletano. 2, Análisis de obras, a su vez estructurado en A) La formación del hombre (1947-1949), donde se analizan “La sombra del ciprés es alargada” y “Aún es de día”. B) El hombre en la sociedad (1950-1961), donde se analizan, entre otras,  “El camino”, “La partida”, “Diario de un cazador”, “Siestas con viento sur”, “Diario de un emigrante” y “La hoja roja”. C) El hombre y la sociedad (1962-1968), con los análisis de obras como “Las ratas”, “La mortaja”, “El libro de la caza menor”, “USA y yo”, “Cinco horas con Mario” y “La primavera de Praga”, entre otras. D) La sociedad y el hombre, donde se analizan, entre otras, “Parábola de un náufrago”, “Con la escopeta al hombro”, “Un año de mi vida” y “El príncipe destronado”. Y la última parte del libro se llama Temas, que tiene a su vez los siguientes apartados: Dios y la muerte, La naturaleza, El calor humano, La justicia social, Lenguaje y técnica narrativa y Humor e ironía. Una conclusión clarificadora sobre la significación de Delibes y una copiosa bibliografía cierran magistralmente el volumen.
 Tesis sobre su obra, de Ramona Trullols (20 de agosto de 1970). Esta profesora dominicana que ejerce en Nueva York y prepara una tesis sobre la obra de Delibes, durante una comida en Valladolid, habló con el escritor de la posición de éste respecto del progreso. “Yo le dije que mi punto de vista era claro: las máquinas deben ayudarnos, deben servirnos, pero no deben esclavizarnos (y la TV es para mí una máquina más). Por eso aquellos que juzgaron reaccionaria mi actitud frente al Daniel de “El camino”, deben reconsiderar sus juicios después de Marcuse, de la deshumanización creciente que nos envuelve.”
“Diario de un cazador”, “Diario de un emigrante” (6 de septiembre de 1970) Delibes nos confiesa que de la visión de una perdiz albina en el camino de Mazuelos y de la que tenían disecada en su casa Luis y Tati Herrero, amigos personales, escribió él un episodio de su “Diario de un cazador”. Y que de un tío de los Herrero tomó el personaje de don Juanito de su “Diario de un emigrante”, aquel que cuando le arriman a la cara una guindilla se pone a sudar la gota gorda. Y añade, a modo de conclusión, “es curioso, después de escribir una veintena de libros, analizar lo que hay en ellos de autobiográfico, de observado o de inventado. Creo que el novelista mezcla proporcionalmente lo que vive, lo que ve y lo que imagina. En sustancia pienso que el arte de novelar consiste en acertar a ensamblar estos materiales de distinta procedencia en una misma historia.”
 “Cinco horas con Mario”, tesis de Maria Elena G, de Jesús (7 de septiembre de 1970). La tesis de esta estudiosa brasileña se titula exactamente “Cinco horas con Mario: una problemática”, y en ella, según Delibes, logra hacer un análisis muy lúcido de su novela. “Ella hace ciencia o, por mejor decir, psicología, sociología y filología de lo que en uno no es más que intuición. María Elena analiza los caracteres de Carmen  y Mario a través de dos vertientes que ella considera claves en el libro: la erótica y la económica. Los métodos psicoanalíticos y estructuralistas que utiliza exceden mi capacidad de comprensión. Aunque al buen tuntún, me cabe la satisfacción de haber dado en el clavo al elegir los símbolos que tipifican a Menchu.”
 Evolución de su obra, tesis de Jean Tena (16), Permiso para incluir un cuento suyo en una antología para estudiantes americanos, de la Universidad de Florida (17), Psicología de Delibes a partir del estudio de su letra, de Santiago Álvarez (19), Parábola de un náufrago, de Vintila Horia (22), Evolución de su obra, de Jean Tena (23), (ver también 16), Parábola de un náufrago, de Josefa Rivas (24), (ver también 22), los Libros de Viajes (26), El libro de la caza menor (28), Parábola de un náufrago, de Jean Tena (30) (ver también 24 y 22), Sobre su estilística, de Isabelle Schousboë (34), USA y yo, edición americana (36), Con la escopeta al hombro (38), Novela española de nuestro tiempo, de Gonzalo Sobejano (41), La naturaleza en su obra, de Edith Lavrut (46), Su biografía, de Umbral (48), La evolución de la novela española de posguerra a través de cuatro autores: Aldecoa, Sueiro, Umbral y Delibes, de Ana María Navales (50), Parábola de un náufrago, de Luis A. Díez (51) (ver también 30, 24 y 22), Conversaciones con César Alonso de los Ríos (53), Viejas historias de Castilla la Vieja, de Hernán Rodríguez Castelo (55), Trabajo sobre su obra, de Juan Luis Guereña (56), Con la escopeta al hombro (58) (ver también 38), Parábola de un náufrago, de Ramiro Reig (59) (ver también 51, 30, 24 y 22), Con la escopeta al hombro, de Américo Castro (60) (ver también 58 y 38), La novelística española de los 60, de J. A. Hernández y E, Guillermo (62), Sobre la evolución de su forma, deAlfonso Rey Álvarez (64), Las ratas en USA (67), Los personajes de sus novelas, de Honesto Suárez de Vega (70), La técnica de la caracterización en Miguel Delibes, de Ramona Trullols (73) (ver también 9).

3. Entre las semblanzas de escritores realizadas por Delibes, sobresalen las siguientes:
Francisco Antón (hecha el 23 de junio de 1970). A raíz de la muerte de este buen amigo suyo, Delibes dice de Paco Antón que era un “gran escritor y experto en arte (…) Armonizaba la inteligencia con la modestia (…) Zamorano de nacimiento, fue en su juventud amigo de Unamuno, con quien mantuvo copiosa correspondencia. Después de muchos tira y afloja conseguí publicar estas cartas en el “Norte de Castilla” (…) La prosa de Antón era rica, tersa y matizada”.
François Mauriac (1 de septiembre de 1970). La muerte del escritor francés le afecta mucho aunque es una noticia que ya esperaba. “Estos grandes cerebros cristianos estimulan mi fe. No importa que la lectura de Mauriac, cuyas novelas, tal vez por seguir el consejo de Gide, su contradictor (“es con los buenos sentimientos con los que se hace mala literatura”), estaban cargadas de pecado, me desconcertara. Me bastaba su fe. En uno de sus libros más íntimos afirma que a menudo le producía repugnancia acercarse a comulgar junto a ciertas personas. Yo he notado a veces la misma sensación, tan poco cristiana. Tenía un gran talento, Mauriac, aunque el momento no sea muy propicio para reconocerlo.”
 P. Martín Descalzo (18), Vizcaíno Casas (32), Ana María Matute (33), Solzhennitsyn (35), Jesús Fernández Santos (39), Jiménez Lozano (42), Buero Vallejo (45), Sánchez Silva (47), Jorge Luis Borges (52), Gloria Fuertes (61), Vargas Llosa (69), Rosa Chacel (72).

4. Entre las conferencias y opiniones ajenas y del propio Delibes sobre la narrativa, descuellan las siguientes:
“Novela de la posguerra civil” y “Aportación española a la nueva narrativa” (14 de agosto de 1970). Son dos charlas que dio Delibes en el Curso de Extranjeros, de Valladolid. Dice que los asistentes, de edades y procedencias diferentes, parecían interesados.
Aportación española a la narrativa mundial en los últimos decenios (18 de agosto de 1970), tema del que habló también en el Curso de Extranjeros, éste de Burgos. En la charla contrapuso la opinión del hispanista italiano Carlo Bo a la de Ramón Buckley. El primero había dicho que “la nueva novela española no merecía un comentario porque sus tentativas de exploración en la narrativa de vanguardia eran prácticamente nulas. Tal afirmación (…) equivaldría a prescindir de Moravia, Bellow, Böll, etc., al valorar la novela actual”.
El Boom de la novela hispanoamericana (24 de agosto de 1970). A petición de Tola, estudioso peruano, Delibes opina sobre el “boom” de la novela hispanoamericana y la situación de la española, aunque lo hace ante el micrófono de un magnetófono, aparato que detesta (de ahí que lo que dijo ante el micrófono lo haya tenido que rehacer por escrito). “Lo del “boom” es muy complejo y muy confuso. Dentro del “boom” hay unos señores como Vargas Llosa, Márquez y Rulfo que me gustan mucho y otros que no me gustan nada, que son meros retóricos en busca de la eufonía. Para mí la novela no es la eufonía. Pero esto se dice en dos palabras y yo he tenido que llenar diecisiete folios. Hablamos demasiado.”
 El novelista crítico de su tiempo y profeta de los venideros, de Vintila Horia (25), Reunión de novelistas portugueses y españoles (31), La novela en Hispanoameérica, Undurraga (68)...
(Continuará)

sábado, 23 de agosto de 2014

APUNTES EN LA MAR MENUDA

Acabo de dejar por unos días Tossa antes de volver allí para despedir la temporada y volverla a dejar sola con sus calles dormidas, sus hoteles cerrados y la arena solitaria y silenciosa de la Mar Menuda.


Antes de que eso suceda, quiero dejar aquí unos apuntes de andar, ver y sentir en aquel rincón de roca y mar, vividos a lo largo de varias temporadas.



Una lengua de arena le habla siempre al mar de altas gaviotas que vienen a escribir sobre sus páginas leyendas de vientos y barcas jubiladas entre el gris horizonte y las nubes que amenazan lluvias. Este trozo de frágiles bellezas se llama Mar Menuda y cuando acaba el verano se encoge en un silencio de arena abandonada.

La Trinidad es una barca que un día navegó sobre la piel del mar y le robó lo mejor de sus frutos. Un día tuvo a bordo una historia de redes remendadas y un amor olvidado. Ahora duerme aquí, a un lado de la cala, soñando en redes vivas y en aquel pescador de corazón enamorado.

Ella es la sirena de la cala bajo las nubes negras y la amenaza inminente de la lluvia. Si el sol saliera ahora estallaría la luz sobre la piel de la joven sirena. Al final del verano todo sabe ya a despedida. Y sin embargo, la visión de esta sirena emergiendo del agua con sus pechos al aire es la estampa vital de la esperanza.

Las boyas ya no tienen ningún sentido en la soledad de la Mar Menuda: flotan marcando imposibles caminos, límites inexistentes que ya nadie respeta.Ningún yate de fiesta fondea en la bahía, ni abandonan la orilla los patines por la calle de boyas que en verano partían y venían luciendo sus colores. Ahora sólo sus rojos y amarillos cabecean su tristeza sobre el plomo oscuro de las aguas.

Puede que yo sea uno de los últimos clientes del chiringuito. La espuma de la cerveza me sabe a despedida mientras veo la espuma de las olas meterse mar adentro. Pago y dejo el chiringuito oscuro mientras oigo decir a mis espaldas al camarero con un tono de nostalgia: “Adiós, verano, adiós.” Se encienden las farolas del paseo y  una gaviota vuela sin ganas a la isla.

Entre las velas de piedra, pirámides de roca que desafían el mar, lisa y pacífica, como la mano sin arrugas de una niña, se tiende la Bañera de las Donas. Mar domesticado, su paz augusta invita a entrar  en ella y dar unas brazadas hacia el cielo. Pero el temblor oscuro de la tarde bajo las primeras gotas de la lluvia disuaden al nostálgico indeciso.

Otras veces, tendidos los dos sobre la arena, oíamos la espuma sisear a nuestros pies. Era entonces verano, y las caricias del sol enardecían nuestros cuerpos. Ahora las olas, solas bajo el frescor repentino de fines de septiembre, tiritan en susurros de cristales pulidos. Y nosotros dejamos en silencio la arena de la cala mientras una cinta de tímida luz en el horizonte se va apagando poco a poco como nuestra esperanza.

Aquí trajimos en primavera a nuestro primer nieto para que jugara por primera vez con la arena y sus ojos se llenaran del azul del cielo y de la esmeralda del mar. Aquí, en la Mar Menuda, escuchó por primera vez la risa de las gaviotas. Desde entonces la Mar Menuda es un trozo de belleza infantil, impoluto y eterno.

Pronto la noche prematura tiende su oscura manta sobre la Mar Menuda. Resuella el mar entre las rocas y las pisadas en la arena se han borrado y las gaviotas lloran intermitentemente. Hace tiempo que la lluvia nos echó de aquel rincón hermoso y, sin embargo, me parece estar viendo entre las sombras, impasible, oteando el horizonte, chorreando, el pino valiente de la roca, como si fuera una proyección de mi deseo incansable de estar allí, flotando como un fantasma, sobre la lengua de arena.

lunes, 28 de julio de 2014

MEMORIAS DE UN JUBILADO. Una aventura en el metro





Una de las primeras veces que cogí el metro en Barcelona viví la aventura que nunca he olvidado ni quiero olvidar. Yo acababa de llegar a la ciudad condal procedente de una capital de provincias pequeña y tranquila y, de golpe, tenía que coger el metro para ir a la Universidad, donde me había matriculado para estudiar Filosofía y Letras. Mi estación de origen era España y la de mi destino, lógicamente, Universidad. Bien. Yo estaba más contento que unas pascuas porque ese día, lo recuerdo claramente, 9 de octubre de 1964, iniciaba una nueva vida: era un universitario de pies a cabeza y no podía creérmelo; hasta en casa mis padres y mis hermanos bromeaban conmigo solemnizando en extremo el nombre de Primero de Comunes, curso que estaba a punto de estudiar.
Para entonces ya no pensaba en el Instituto de mi ciudad natal ni en las aventuras amorosas que soñaba llevar a cabo con algunas de mis compañeras  de Letras, pero que quedaban en eso, en puros sueños. Instalado en la vida seria y responsable de Barcelona y decidido a hacerme un hombre de provecho entre libros y profesores universitarios, el mundo adolescente de poemas y cartas de amor a lo Bécquer del Instituto, me parecía una etapa insignificante de mi vida al lado de la que acababa de empezar. Si bien todo aquel mundo menor de mi pequeña ciudad provinciana había comenzado a difuminárseme al principio de aquel último año de Preuniversitario, tras anunciar mi padre un día en casa muy serio que íbamos a cambiar de aires en la ciudad condal, adonde ya habían marchado a trabajar mis hermanos mayores. Me pasaba los días pensando en cómo sería mi vida en mi ciudad de adopción y leyendo cuanto caía en mis manos sobre ella, sus costumbres, el mar que la besaba y sus playas de arena dorada, sus magníficos monumentos y sus eventos principales de los que el Nodo solía hablar, sus gentes, su modo de vivir… Y se me llenaba la boca ante mis amigos con su nombre,  Barcelona por aquí, Barcelona por allá, que si en Barcelona se vivía mejor que en Zamora, que si en Barcelona… Y en cuanto a las noches, eran todavía mejores: no había noche en que no soñara que caminaba por Barcelona, viendo y viviendo in situ lo que había leído, visto y escuchado en el Nodo. En mis sueños salía a menudo la Plaza de Cataluña con las palomas alzando el vuelo al paso inocente de los niños que las asustaban en sus carreras y yo andaba entre ellas y notaba en mi cara el aire de sus alas al subir hacia el cielo. Y la Sagrada Familia que crecía a ojos vistas en una torre nueva o en una gárgola o en una ventana por donde yo me asomaba y veía cómo la cola de los visitantes llegaba hasta el mar. Y el museo de Picasso de la calle de Montcada, vacío, y yo apareciendo de entre las sombras de un rincón para acercarme a los cuadros allí expuestos como un espíritu que entraba por unos y salía por otros llevándose adheridos a él fragmentos de vestidos, pétalos, olas, alas de paloma, llamas de velas… A veces me despertaba en medio de la noche y, molesto por quedarme sin el final feliz de alguno de aquellos sueños, cerraba con fuerza los ojos y esperaba impaciente a que el sueño me cogiera de nuevo en sus brazos y me llevara a algún lugar de mi ya querida Barcelona, que podía ser desde los románticos despojos domésticos de los Encantes de las Glorias, al norte de la ciudad, hasta la salvaje playa de Casa Antúnez, abierta al pie del Cementerio de Montjuic, al sur de la misma.
Aquel 1964 de mi vida era el último curso de mi estancia en la ciudad del Duero y, hasta nuestro tan deseado viaje a Barcelona, realizado finalmente, en el verano de ese mismo año, se me hizo enormemente largo, si bien durante las vacaciones de Semana Santa, volvieron a casa mis hermanas mayores  y me llevaron, con sus conversaciones y comentarios sobre Barcelona, renovadas ilusiones. Luego llegó el viaje de fin de curso por media España que me puso los dientes largos al tocar tierra catalana en Tarragona. Cien kilómetros más y…  No sé cómo, con tantas emociones, tantos deseos y tantos motivos de abstracción logré aprobar no sólo el curso Preuniversitario sino también el Examen de Madurez de la Universidad de Salamanca, ciudad a la que nos tuvimos que desplazar para realizarlo.
Y reciente aún la notificación del aprobado, con todo lo necesario para viajar a Barcelona, una madrugada de julio cogimos el tren mis padres, mi hermana pequeña y yo. Confieso que la ilusión que llevaba encima y la emoción que me llenaba completamente el corazón y la mente, hicieron que, de momento no sintiera pena de dejar el barrio del Duero y la compañía de quienes habían sido testigos de mis aventuras en él, así como aquella bendita casa de los tres balcones desde los que veía el puente, la muralla y las entrañables siluetas de las principales iglesias de la ciudad que se desparramaban empinadas sobre las almenas hacia el oeste para culminar en la Casa del Cid y la Catedral, inolvidable estampa compuesta de su torre cuadrada cuajada de misterio y su bello cimborrio, equiparable por su volumen y suavidad de formas a un seno de mujer que desafiaba al cielo; aquel venerable hogar donde había sido tan feliz junto a los míos. La añoranza de todo eso podía esperar.
Aquel viaje en tren, iniciado bajo la poesía de un amanecer anhelado, cargados los cuatro de maletas e ilusiones, nos llevó en un primer trayecto, hasta el nudo ferroviario de Medina del Campo. Aún veo el rostro sonriente de mi padre pasándome la bota de vino que acompañaba las viandas que llevábamos para alimentarnos durante todo el trayecto, trayecto que prometía ser tan largo como lleno de incentivos emocionales. Mi madre y mi hermana pequeña sonreían viendo cómo el vino se me torcía en la boca y se derramaba barbilla abajo hasta pintar de morado el cuello de mi camisa. Reanudado el viaje, los paisajes nos veían pasar y parecían alegrarse con nuestra alegría mientras los oteros bailaban sin agitar sus faldas y las casas de los pueblos corrían a reunirse al pie de su iglesia parroquial como pollitos en torno a su mamá gallina. En algunas estaciones importantes seguían subiendo al tren nuevos viajeros, y en Zaragoza acabaron de llenarse los huecos que aún quedaban en los pasillos y las plataformas. Entonces vivimos en nuestras propias carnes el movimiento imparable de la inmigración. Mi padre decía que aquellos tiempos eran buenos para que la gente joven, con escasas posibilidades de encontrar futuro en su pequeña ciudad de provincias, cambiara de aires en otros lugares donde lo hubiera; y citaba especialmente tres: Madrid, el País Vasco y Barcelona. Y hacia Barcelona íbamos en aquel tren de la ilusión y la esperanza, pese al ruido de maderas y hierro, dolores de espalda y posaderas, humo y carbonilla.
Por fin llegamos a nuestro destino cuando ya la poca luz que le quedaba a la tarde empezaba a dar señales de decaimiento sobre la gran estructura metálica de estilo modernista de la Estación de Francia, y nosotros cuatro estábamos a punto de desfallecer de cansancio. Cansancio que desapareció como por arte de magia ante la vista de mis cuatro hermanos mayores, que nos esperaban en el andén para conducirnos a lo que sería nuestro nuevo hogar en Barcelona.
Es indescriptible lo que sentí cuando pisé por primera vez las calles de la ciudad que ya amaba con todo mi ser. Y la primera, cuyos influjos vivos sentí sobre mi persona fue la avenida del Marqués del Duero (vulgo Paralelo), llena a aquella hora de febril movimiento de coches, bocinas y ruidos de todas clases que ahogaban las voces de los transeúntes, que bajaban y subían por ambas aceras o aguardaban a que los semáforos encendieran sus luces verdes para cruzar la magnífica arteria viaria. Arteria habitada animosamente por cines, cafés, teatros, restaurantes, que a nuestro paso iban encendiendo sus luces de neón como si fueran versos que se iban añadiendo al gran poema vivo de la avenida.
Y ahora vuelvo a aquel día de la aventura en el metro, cuando caminaba hacia él por la avenida del Marqués del Duero aquel día de octubre en que empezaban las clases de la Universidad. La lluvia, que había dado una tregua a la ciudad, empezó a caer de nuevo, y, al llegar a la boca del metro de España, estaba hecho una sopa. Pero ¿qué era aquella lluvia, propia de la estación en que nos encontrábamos todos los barceloneses, frente a la hermosa ilusión que estaba viviendo yo, sólo yo, un flamante universitario que iba a encontrarse con su destino? Así que, decidido, bajé la escalera de la estación y al momento me sentí arrastrado por un río de gente en un corredor lleno de letreros indicadores y bocas de otros pasillos por donde entraban y salían viajeros sin cesar. Instantáneamente, comprendí que me había convertido en un nuevo Teseo en medio de un laberinto vivo, trepidante y aventurero y que, si no me espabilaba pronto, acabaría perdido en alguna de las innumerables estaciones con que contaba la red metropolitana y cuyos nombres nada me decían, salvo las cuatro que había aprendido de memoria: España, Rocafort, Urgel y Universidad.
Y, casi sin darme cuenta, me vi dentro del vagón del metro, con docenas de personas que, como yo, se dirigían a su punto de destino. Llegó la primera parada y, entre la nube de cabezas que me acompañaban, pude leer el letrero de la estación: Hostafranchs. Me puse a pensar alocadamente hasta poder concluir que aquélla no era ninguna de las mías. Y caí en las redes de los nervios. Me hallaba en medio del vagón y reaccioné como pude abriéndome paso entre disculpas y perdones en dirección a la puerta. Pero me quedé a medio camino, absolutamente desolado y viendo cómo la puerta volvía a cerrarse y el tren continuar su marcha inexorable. Debía hacer algo y rápido. Evidentemente me había subido en un tren que iba en dirección contraria a la mía; así que decidí apearme en la siguiente estación y allí encontrar la solución a mi problema. De modo que en Sants abandoné el vagón junto con otros viajeros, que siguieron su camino hacia la salida. Y allí me quedé, en medio del andén, mirando a un lado y a otro, en busca de algún letrero o, mejor todavía, alguna persona que me ayudara a encontrar la vía contraria.
Ahora sé que aquel era mi día de suerte pese a todo lo que estaba ocurriéndome, porque en pocos segundos por la escalera descendió una chica aproximadamente de mi edad que, al pisar el andén, vino resuelta a mi encuentro. Debí de parecerle la persona más desvalida del mundo porque enseguida me miró a los ojos para preguntarme si me había perdido. Era una joven de gestos seguros y de una belleza serena, con ojos color de oliva y una melena negra que le llegaba a mitad de la espalda. Le respondí asintiendo con la cabeza porque no logré articular palabra alguna. Al fin pude decirle, aunque sin poder evitar los titubeos, que quería ir a Universidad y no sabía cómo hacerlo. No sólo me tranquilizó con una sonrisa celestial, sino que, haciendo de providencial Ariadna, me sacó de aquel laberinto primero acompañándome escaleras arriba hasta el vestíbulo de la estación y luego situándome al pie de la escalera por la que se accedía al andén dirección Fabra y Puig.
 En aquel momento no me arrepentí de no haber usado más aquel modo de viajar por Barcelona a través de su claustrofóbico vientre, en la larga y solitaria oscuridad de los túneles, cuando la belleza de la ciudad está en la claridad que baña su rica superficie. A veces, cuando pasaba por la boca de un metro y veía aparecer a la gente por ella, no sé por qué se me despertaba un sentimiento de piedad hacia aquellas personas que parecían provenir aliviados de un mundo desconocido y lleno de sobresaltos. Prefería desplazarme a pie en los trayectos cortos para que no se me escapara nada, y cuando el desplazamiento era considerablemente mayor, tomaba el tranvía, que me permitía la doble ventaja de viajar cómodamente y admirar la belleza variada de sus bulevares, edificios y monumentos.
Y volviendo a mi Ariadna particular, no fue ésa, la de mi pérdida en el metro, la única vez que la vi. Y ahí reside el meollo de mi aventura, porque algunos días después, un domingo por la mañana, volví a encontrarla en el Mercadillo de los Libros de San Antonio. Esta vez fue ella quien me descubrió buscando algunos libros de poesía de la colección Laurel que había iniciado hacía poco. Al verla de nuevo, me olvidé de los libros y me quedé mirando como un tonto sus ojos color de oliva. Nos reímos. Luego, por romper el hielo, le pregunté qué libro estaba buscando. Me dijo que uno, que cualquier novela de Jane Austen. Yo acababa de ver Emma en otro puesto de Mercadillo y me alegré de poderla ayudar. Le dije que la acompañaría hasta el lugar donde había visto la novela de Austen. Volvimos a reírnos mientras nos encaminábamos hacia el puesto. Pero ella, a medio camino, me dijo que prefería tomar juntos un vermut en el bar de la esquina. Y acabamos sentados en la terraza del bar. La gente subía y bajaba por delante de nosotros, sin que le prestáramos la menor atención. Entre nuevas risas recordamos los dos nuestro encuentro en el andén del metro de días atrás. y acabamos saliendo juntos al domingo siguiente. Y hasta hoy. Han pasado cincuenta años. Y seguimos casados.  Pero eso es otra historia.

lunes, 7 de julio de 2014

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI BAUTIZO COMO PROFESOR












Todo sucedió a principios de los años sesenta del siglo pasado. Mi hermano mayor, a la sazón maestro de enseñanza, abrió una escuela cerca de casa adonde acudieron muchos chicos de los barrios vecinos. Su fama de educador tolerante y eficaz se extendió por los pueblos del sur de la provincia, y uno de aquellos fríos diciembres se acercó a casa un labrador del Cubo del Vino para contratar durante las vacaciones de Navidad y Año Nuevo a mi hermano para que enseñara las primeras letras a su primogénito, que apenas sabía leer. Y aunque mi hermano declinó la oferta, a cambio le habló al labrador de mí y de mis estudios en el Instituto y de mi capacidad para llevar a cabo la difícil tarea de enseñar a leer y escribir a su hijo mayor. Y así fue como me vi haciendo de profesor durante unas vacaciones de Navidad y Año Nuevo en una dehesa perdida en medio del campo, casi en los límites de las provincias de Zamora y Salamanca. 
El viaje ya fue de película. Mi padre me llevó hasta una casa del Cubo del Vino  adonde me iría a buscar el labrador. Noche cerrada. Llovía. El medio de transporte era un caballo. Me monté a horcajadas a espaldas del labrador, que lo montaba. Despedidas bajo la lluvia. Una manta me cubrió mientras me aconsejaba el jinete agarrarme a su cintura. Y galopando en la oscuridad y sintiendo sobre la manta que me tapaba las gotas de la lluvia, el trayecto se me hizo larguísimo. Finalmente, el caballo se detuvo relinchando. Piafó sobre un suelo de guijarros. Luego una luz escasa y unas voces invitándome a entrar en una caliente cocina de casa de labranza, amplia aunque débilmente iluminada por un candil de carburo colgado de la pared y las llamas que bailaban en el fuego de tierra que se abría en un rincón. El labrador, antes de llevar la caballería al establo, me presentó a las personas que allí había: una mujer de negro, que era el ama de casa, un chico que debía de tener parecida edad a la mía y otro joven de mayor edad, que lanzando a mi encuentro su mano para que yo la estrechara me dijo: “Me llamo Manolo Carnicero y soy desde hoy tu alumno.” 
Un sinfín de emociones vino a mi encuentro aquella noche. Cenamos algunos torreznos asados al fuego, trozos de queso que nadaban en el aceite de unas orzas de barro, pan de pueblo y vino de cosecha propia. Mientras cenábamos programamos el plan que seguiríamos Manolo y yo en lo referente a las clases de escritura y lectura a partir de la mañana siguiente. De día no haríamos nada porque él y su padre tendrían que seguir dedicados a las labores del campo y del ganado. Las clases tendrían lugar al caer de la tarde y tras volver de las tierras cuando la luz del sol hubiese desaparecido del todo. Todo ese tiempo libre lo ocupaba yo explorando con el hijo pequeño las dependencias de la dehesa, llevando a la pequeña manada de caballos hasta una laguna cercana para que les diera el aire y abrevaran todo el agua que quisieran o recorriendo los alrededores de la dehesa, constituidos en su mayor parte por montes salvajes, viñas y bosques de encinas y castaños, así como por una red de caminos que llevaban a otras dehesas o a pequeños pueblos perdidos en aquella comarca. 
La casa de la dehesa de mi alumno tenía dos plantas: en la baja, además de la cocina, que era el lugar donde pasaba la familia la mayor parte de su vida, se encontraban los establos y las cuadras de los animales, a los que se llegaba a través de un largo pasillo oscuro. Si se quería acceder a ellos durante la noche, se usaba un candil de carburo como el que había colgado en la cocina; había ganchos en los muros de las cuadras para poder descansar en ellos los candiles, que eran unos cilindros de metal con un pequeño caño, una manecilla para graduar la fuerza de la iluminación y un asa para llevarlos de la mano. Los establos comunicaban, por la parte trasera, a un corral donde salían de día las gallinas y en el que podían verse aquí y allá algunos aperos de labranza, una tartana con las varas en alto ocupando un pequeño cobertizo y, cerca de la vivienda, un pozo con su brocal, su polea y su cubo de cinc correspondiente, con el que se sacaba el agua que necesitaba la familia para sus menesteres más urgentes. El corral tenía también una puerta que daba al monte y que sólo se abría para sacar y meter los caballos. También en la planta baja y en un nivel algo inferior al de la cocina se hallaba la bodega, a la que se accedía por una puerta que había en la cocina y unos peldaños de piedra. En la planta alta de la vivienda estaban las habitaciones y las cámaras donde se conservaban los frutos que la familia lograba arrancarle a la tierra en las variadas estaciones del año. También en las paredes de dichas estancias existían los ganchos para los candiles; así yo, cada noche, cuando subía a la alcoba que me habían asignado, lo hacía valiéndome de un candil de carburo cuya viveza de luz agrandaba con la manecilla cuando la oscuridad de los rincones de la escalera me lo exigía.
Las clases empezaban por la tarde noche cuando Manolo, aseado tras la vuelta de las labores del campo, se sentaba a la mesa de la cocina cercana a la luz del carburo y a la que despedían bailando las llamas del hogar. En una libreta que tenía fui escribiendo las letras del abecedario, primero las mayúsculas y después las minúsculas, en el encabezamiento de cada página, para que él las copiara debajo. Cuando había acabado de copiarlas, me las leía en voz alta. En otras sesiones de trabajo se dedicaba a copiar su nombre y sus apellidos durante varias páginas, así como los de su madre, su padre y su hermano. Hasta que le escribí los nombres de los miembros de su familia y el suyo, mezclados con otros, y le pedí que me rodeara con el lápiz los primeros y me los leyera en voz alta. Más de una semana estuvimos Manolo y yo dándoles a esas copias y a su lectura, labor que alternábamos con la identificación de letras y palabras en un libro de cuentos de Amicis, de letra grande, que tenía su madre en la alacena junto con un viejo breviario de oraciones que debió de pertenecer a algún antecesor de la familia. Hasta que mi alumno logró escribir el solo, sin ayuda mía y con letra regular la frase que me dijo nada más llegar yo aquella noche de lluvia a su casa: “Me llamo Manolo Carnicero y soy desde hoy tu alumno.”
En aquella casa aislada y silenciosa, donde no había ni electricidad ni agua corriente pasé unas navidades de las más felices de mi vida aunque, eso sí, noté en más de una ocasión la ausencia de los míos. Por primera vez me sentí útil aunque no dejaba de ser todavía un crío. Un crío que aprendió a montar a caballo pese al dolor de la rabadilla que me duró meses causado por el roce con el espinazo del animal, y un crío que cogió una borrachera de espanto acompañado por el hermano pequeño de Manolo tras probar todos los vinos de las cubas de la bodega. 
Pero también se me grabó en el alma la noche de la Misa del Gallo en que acompañado de toda la familia bajamos a la iglesia del pueblo más cercano, El Maderal. Los cascos del caballo que tiraba de la tartana patinaban en las piedras de la calle cubiertas de escarcha. El templo, iluminado con velas, estaba lleno de pueblerinos engalanados esperando a que comenzara la Misa.  Son chispazos de recuerdos.

jueves, 26 de junio de 2014

MEMORIAS DE UN JUBILADO. RECORDANDO A ANA MARÍA MATUTE





Ayer miércoles 25 de junio me enteré con tristeza de que Ana María Matute, que había nacido hace 88 años en Barcelona, había cerrado definitivamente el cuento fantástico de su vida. Matia, la niña protagonista de su Primera memoria (Premio Nadal, 1959), se ha escapado unos instantes de entre sus páginas de mar y luz para darle un beso de gratitud a su creadora, una niña que no creció nunca y, a cambio, escribiendo sobre la infancia y el entusiasmo de vivir, ganó todos los premios.
Gracias a que fue alumno mío su sobrino David en aquel colegio del Vallés de cuyo nombre no quiero acordarme, pude disfrutar de la inmensa suerte de conocerla personalmente y haber hablado con ella en su piso de la calle de Provenza de Barcelona unas horas de una tarde de verano que no podré olvidar nunca. Recuerdo que bebimos sendos vasos de whisky a palo seco y la escritora se excusó angelicalmente de que no tuviera entonces a mano unos frutos secos para ayudar a tragar el fuego líquido.
Yo acababa de regalarle por medio de su sobrino mi Agua vivida (1979) poemario que habla con abierta ternura de mi adolescencia en Zamora y de los recuerdos que me inspiraron aquellos años, y ella me correspondió regalándome la novela citada más arriba. Leí Primera memoria en poco más de un día y de su lectura nació un pequeño poema dedicado a retratar a Matia como una figuración de la fantasía infantil, capaz de olvidar casi por completo los horrores de la guerra civil que se viven en la península para refugiarse en la belleza que el mar y la luz de la isla de Mallorca y sus pequeñas costumbres le ofrecían.
Como me daba al principio vergüenza de enviarle los versos, no lo hice hasta más tarde. En contra de lo que me temía, le  gustaron tanto que me hizo llegar, siempre por medio de su sobrino David, su dirección y su teléfono por si quería hablar con ella un rato en su casa de libros y lugares que permanecen siempre en nuestra mente de niños. ¡Hablar con Ana María Matute, una de nuestras mejores novelistas del siglo XX, era para mí más de lo que hubiera podido soñar! Podía hablar en persona con la novelista que poseía los mejores premios del género (además del citado, el Planeta con Pequeño teatro, el Nacional de Narrativa con Los hijos muertos, el Fastenrath de la Real Academia Española con Los soldados lloran de noche, el Nacional de la Letras Españolas, el Miguel de Cervantes…).
Nervioso como un flan al fin me decidí una tarde a llamarla por teléfono. Una voz delgada y tímida, casi rota, sonó al otro lado: “Sí, dígame…” Me quedé cortado; luego dije: “¿Hablo con la novelista Ana María Matute?” La misma voz que antes me respondió con otra pregunta: “¿Quién quiere hablar con Ana María Matute?” Me armé de valor y dije mi nombre añadiendo que era el profesor de su sobrino David. De pronto la voz anterior cambió radicalmente; era una voz segura, abierta, llena de decisión. “Usted perdone por la voz de antes; siempre contesto así para evitar atender a todos los que me llaman para hacerme entrevistas o pedirme libros.” Buen ardid contra los pelmazos. La cuestión es que una tarde de verano conocí personalmente a la escritora de posguerra con más fantasía y lirismo cuyo lema principal es “quien no inventa no vive” y que me regaló una buena cantidad de novelas dedicadas.
Su sana generosidad me desbordó y su manera peculiar de concebir la novela me hizo creer que sólo se abre camino en el mundo de las letras quien cree que en la infancia está la primera y única memoria y en sus escritos trabaja el lenguaje con exquisita elegancia y emocionante lirismo.