lunes, 26 de mayo de 2014

VENCER EL INSOMNIO (I)








UNO

El profesor jubilado Sebastián Celada regresó de su viaje a Italia con un deseo imperioso: cambiar lo antes posible su modo de vida. Y lo primero que hizo fue ir a ver al policía Antonio Hernández para hablar de su caso.
Tras charlar con el agente dos largas horas y darle las gracias por su extensa y pormenorizada información, volvió a hacer las maletas, esta vez para retirarse a El Pinar, que tantos recuerdos le traía. Allí, visitando diariamente el SPA del Marestío, hotel donde se había alojado, vigilando estrechamente la dieta alimenticia y efectuando largos paseos por la orilla del mar, se puso a escribir la historia que llevaba en la cabeza.
Dedicó una semana y dos días a escribir la primera redacción de la historia, en sesiones matinales de cuatro horas seguidas alternando de vez en cuando la escritura con la bebida de agua embotellada y zumos de frutas. Las tardes las destinaba al SPA y a caminar de un extremo a otro de la playa por la orilla del mar.
La segunda y definitiva redacción la llevó a cabo enteramente en Barcelona, parando solamente para comer a mediodía y caminar cuando el sol se retiraba de las azoteas más altas y la luz natural ya no le alumbraba lo suficiente para ver las teclas del portátil. Para entonces ya había descubierto que por fin había dejado atrás su engorrosa enfermedad.
Tres meses más tarde, la obra aparecía en los escaparates de las grandes librerías de la ciudad condal. El éxito de público había sido total, y grandes colas de lectores esperaban que el autor les firmara un ejemplar. Uno de los últimos días de firmas en El Corte Inglés a finales de una tarde soleada, se acercó a la mesa del autor de moda una mujer de edad madura para que le firmara el libro.
--¿Qué nombre pongo?—preguntó Sebastián sin levantar la vista y con la pluma sobrevolando la primera página del ejemplar abierto.
--Amalia Sanjuán.
El escritor levantó la vista sorprendido al reconocer la voz de la recién llegada. Le sonrió cohibido y la mujer le respondió con otra sonrisa.
--Creí que no te ibas a acordar de mí—dijo sin dejar que la sonrisa cayera de sus labios--. Después de tanto tiempo...
--Sí, mucho tiempo—dijo Sebastián--. Pero aun así, nunca te he olvidado. Oye, ya que no queda ningún lector a la vista, ¿por qué no te firmo el libro en otro sitio? ¿Por ejemplo, arriba en el bar de la terraza, tomando alguna cosa? Así podremos hablar tranquilos.
La mujer asintió, y minutos más tarde, los dos charlaban amigablemente en el bar de la terraza del centro comercial.
--Hablas de mí en tu libro—dijo Amalia.
--¿Pero lo has leído entero?
--Pues claro. No sabes la alegría que me llevé cuando oí tu nombre en la radio. Sebastián Celada, autor de moda. Su novela ocupa los primeros lugares de todas las listas. Pero todo lo que cuentas en la historia no tiene nada que ver contigo, ¿verdad?
--Más de lo que te imaginas.
--No me digas. ¿Quieres contarme cómo empezó todo?
--¿Tienes tiempo para oírlo?
--Si lo que me estás preguntando, Sebastián, es si tengo algún compromiso para las próximas horas, te diré que no.
--¿No prefieres que hablemos de ti? ¿De tu poesía? Aún sigo sabiendo de memoria muchos versos tuyos.
--No, querido. Hoy toca hablar de ti.
--Como quieras, pero cuando termine promete que…
--Sin promesas, Sebastián, sin promesas. Seguro que así nos saldrán mejor las cosas que antaño, ¿no te parece?
--Estoy de acuerdo.
--Así me gusta, y ahora háblame de las razones de tu novela.
--Todo empezó…






    





DOS
Seis meses atrás

Primer día
Barcelona a primeros de noviembre por las mañanas es una ciudad que parece dormida, como esperando despertar de un momento a otro en medio de una gran noticia.
Eso se dice a sí mismo Antonio Hernández, el policía que mira afuera desde su despacho al cuadrado de cielo gris que dejan los altos edificios de esta zona de la Vía Layetana. Los coches ruedan sin parar por la calzada, allá abajo, unos subiendo del mar y otros bajando hacia él.
El policía tiene la cabeza embotada de darle vueltas al último caso que investiga, tras de cuya final resolución lleva más de medio año. Deja la ventana y vuelve a la mesa; abre la carpeta con los papeles de la investigación que, aunque lleva bastante encarrilada, aún le falta por concretar algunos aspectos que considera fundamentales para su  culminación. Por ejemplo, todavía desconoce los rostros reales de los dos principales sospechosos: un hombre de mediana edad y una mujer algo más joven que él; pese a que algunos testigos han aportado detalles que pueden ayudar algo para su identificación y reconocimiento. Respecto al hombre, los siguientes: grueso, cara ancha y roja, estatura media y andar seguro; y en cuanto a la mujer: delgada, buen tipo y bien vestida, rubia, con ojos azules, si bien estos dos últimos rasgos pueden estar sujetos a cambios transitorios como tintes, lentillas de colores, etcétera.
Lo que no deja lugar a dudas son los hechos delictivos de la escurridiza pareja, que se resumen en tres asesinatos y sendos sustanciosos robos. Asimismo Hernández conoce bastante bien su modus operandi y el perfil de sus víctimas, hombres jubilados, solteros, separados o viudos sin descendencia, que viven solos y poseen abundantes bienes. A este perfil hay que añadir el rasgo más importante y común: padecen de insomnio.
El modus operandi de la pareja asesina parece claro y único pues, según todos los indicios, somete durante días a sus posibles víctimas a una vigilancia exhaustiva hasta dar con la oportunidad de entrar en contacto con ellas y ganarse su  total confianza. Sin embargo, Hernández reconoce que hay lagunas en el modo y fases de la intervención de sus dos componentes. Según los apuntes de su carpeta, una vez conseguido el primer objetivo, es decir, el conocimiento detallado de las costumbres y movimientos de la víctima, surgen en la investigación las siguientes interrogaciones: ¿quién interviene en primer lugar?, ¿el hombre o la mujer? ¿O intervienen ambos según las circunstancias? Sin embargo, a Hernández no le cabe ninguna duda sobre la segunda fase de actuación de la pareja; basándose en los testimonios de los testigos, uno de los dos entra en contacto con la víctima valiéndose de un subterfugio normal, corriente, que se podría calificar como simple: solicita su ayuda para solucionar algún problema, por lo común inventado, que le ha surgido mientras maneja su ordenador. Según la investigación, el contacto hasta el momento ha ocurrido siempre en hoteles con SPA, dependiendo de la situación particular que viva la víctima elegida. Después es la mujer la que entra en acción concediendo a la víctima algunos de sus favores femeninos, elemento fundamental para fortalecer la confianza. Finalmente, perpetran el crimen.
En los papeles de la carpeta hay suficiente información sobre las tres personas asesinadas: un contratista de obras de Barcelona, un médico de Gerona y un industrial de Sabadell. El contratista de obras había aparecido tumbado sobre el sofá del comedor de su casa, como si estuviera echando la siesta, sólo que había sido envenenado con cianuro; ante la mesa de centro que había delante del sofá aún quedaba, mediada, la botella de Jack Daniels y al lado, una copa vacía cuando entraron los representantes de la ley. En el suelo de la cocina fueron hallados alrededor de una docena de tarros de legumbres vacíos donde al parecer el dueño de la casa guardaba el dinero negro que había obtenido durante la época de la burbuja inmobiliaria.
El médico de Gerona, su cuerpo atado de pies y manos, fue encontrado a la semana de morir tras el aviso que dio a las autoridades un vecino del edificio por el mal olor que salía del piso del galeno. El cadáver daba muestras de haber sido estrangulado con una media de mujer y torturado con el método de los alicates pues le habían sido arrancadas varias uñas de los dedos de los pies. La policía dedujo que con este medio se habían hecho los asesinos con más de 30.000 euros que el médico tenía ingresados en varias entidades bancarias.
Y en cuanto al industrial de Sabadell, fue hallado en la cocina  con varias puñaladas en el cuerpo; el reguero de sangre comenzaba en la terraza del comedor, donde se suponía que había sido apuñalado, y seguía por el comedor hasta llegar al lugar donde fue encontrado su cadáver. En las paredes del dúplex donde vivía quedaron las huellas de los cuadros que habían sido robados, y abierta y vacía la caja fuerte que se ocultaba en la biblioteca tras otra obra pictórica.
Precisamente era este pormenor el que más desconcertaba a Hernández: el modo tan diferente que tenían los asesinos de acabar con las vidas de sus víctimas. Tres muertos, tres maneras distintas de morir: apuñalada la primera, envenenada la segunda y estrangulada y torturada salvajemente la tercera. Eso indicaba que los asesinos actuaban también según las circunstancias y, a la primera de cambio, habían escogido el mejor modo de acabar con sus víctimas. Ahora la pregunta era: ¿Cómo sería la presunta cuarta víctima? Desde luego otro insomne que viviera solo; posiblemente, como las anteriores, poco aficionado a establecer cualquier clase de relación. ¿Un solitario y un misógino como los otros? Por ejemplo del industrial de Sabadell se llegó a saber que, como mucho, se pasaba las noches visionando películas porno, a juzgar por la cantidad de vídeos encontrados en su domicilio y el testimonio de la mujer del videoclub próximo a su casa, así como por el historial de Google hallado en su ordenador.
Respecto de la segunda víctima, el contratista de obras, aún se sabía menos de su vida íntima, y del médico de Gerona nada. Parecía que hubieran hecho votos de castidad y vivido como ascetas toda su vida. Nada se había encontrado en el registro de sus respectivos domicilios que delatara la menor actividad sexual.
Hernández intentaba imaginarse el modo como la pareja de ladrones y asesinos tenía para contactar con su posible víctima y hacerse con su absoluta confianza, hasta el punto de ser invitados a su casa. ¿De qué trucos, palabras, gestos, acciones se valían para llegar a intimar con ella? En aquella carpeta desgraciadamente sólo había hechos consumados: los robos y los asesinatos de tres personas de sexo masculino que padecían insomnio. Y muchos indicios, sospechas, testimonios, pero poco más, salvo la corazonada de que había algo que parecía una pista para, con un poco de suerte, llegar a tiempo de salvar a la siguiente víctima y detener de una vez por todas a aquella pareja ladrona y asesina y ponerla a disposición judicial.
Sonó su móvil.
--Diga.
--Soy yo, FG.
--¿Tienes algo?
--Me parece que sí. Los pájaros volaron ayer hacia la Costa Dorada y pondrán el huevo en El Pinar.
--¿Cómo lo sabes?
--¿Acaso las veces anteriores te he dicho de dónde saco mis informaciones? Pues en esta tampoco te lo voy a decir. Si quieres aprovechar la información…
--De acuerdo, de acuerdo. ¿Algo más?
--Sí, que tengas suerte. Ahora debo colgar. Adiós.
--Muchas gracias, FG. Hasta otra.
Sonó de nuevo el móvil. Esta vez vio en la pantalla quién llamaba.
--Hola, Isabel, ¿ocurre algo?
--Es Toni. Hoy no ha querido ir al Instituto.
--Dile que se ponga.
--Antes deja que te diga una cosa. No le grites. Háblale bien. Es mejor que…
--De acuerdo, cariño. Anda, dile que se ponga.
--Hola, papá.
--Hola, hijo. ¿Por qué no has querido ir hoy al Instituto?
--Es muy largo de contar.
--Pues intenta resumirlo. Yo te ayudo. ¿Tenías algún examen que no has preparado? ¿Te has pegado con alguien? ¿Has insultado a algún profesor?
Hernández no se daba cuenta de que había ido alzando la voz.
--Papá, si quieres que te lo diga no me hagas tantas preguntas a la vez y sobre todo no me grites. Que yo también sé gritar.
--Toni, perdona. No quería gritarte. Empiezo de nuevo.
--No hace falta. Te lo contaré todo cuando vengas a comer.
--No, no, espera, Toni. Posiblemente no vaya hoy a comer a casa. El trabajo se me acumula. Verás, Toni. Al menos contéstame a esas tres preguntas que te acabo de hacer.
--La respuesta es no, no había hoy ningún examen, no me he pegado con nadie y tampoco he insultado a ningún profesor.
--Entonces ¿qué es, hijo?
--Papá, te lo contaré en casa. Adiós.
Hernández se quedó con el móvil silencioso pegado a la oreja y con la mirada fija en la puerta del despacho. Ésta se abrió y apareció Iglesias, su compañero, que venía de la calle frotándose las manos y arreglándose el pelo, el cual al ver a Hernández con aquella expresión de perplejidad en la cara, se olvidó del frío y del viento que hacía en la calle.
--¿Qué pasa?
Hernández reaccionó dejando el móvil sobre la mesa a un lado de la carpeta.
--Nada importante, creo. Cosas de la adolescencia. Cuando tengas hijos, lo comprenderás.
--¿Qué le ocurre a Toni?
--Ya te lo he dicho. Cosas de la adolescencia. ¿Hace frío?
--Es el jodido viento el que lo estropea todo. Ojalá hiciera algo bueno de vez en cuando, para variar. Como limpiar la mierda que origina en este país la interpretación de la justicia y toda su maldita parafernalia.
--¿Qué ocurre, Iglesias? ¿Ya te has vuelto a pelear con alguien del café?
--No he tenido más remedio. Un capullo acaba de decir ahí abajo que la Audiencia Nacional no ha tenido más remedio que hacer caso a los de Estrasburgo porque lo que las autoridades políticas anteriores hicieron, dice, no fue sino otra chapuza legal. ¿Qué te parece?
--¿Te refieres a la doctrina Parot? Yo creo que tiene razón. A mí me jode tanto o más que a ti que los asesinos salgan de la cárcel y se vayan de rositas. Pero es la ley, chico, y como no se haga pronto una reforma al respecto, seguiremos asistiendo en los días que vienen a nuevos excarcelamientos, pese a la indignación general y en particular de los familiares de las víctimas.
--Pues yo sigo pensando en la misma idea.
--Sí, ya sé, que el Gobierno debía haber hecho caso omiso al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.
--Claro, coño. Los asesinos tienen derechos y los muertos sus sepulturas.
--Tampoco hay que ser tan radical.
--¿Radical? ¿Radical? ¡No me jodas!
--Hace unos días llegaste hecho un basilisco.
--¿Cuándo?
--El día de los separatistas. No recuerdo exactamente cuál.
--¡Ah, ese! ¡Pero si han convertido cualquier discusión verbal en un partido de fútbol entre el Barça y el Madrid! En cualquier tema que sale a relucir, España es Madrid para mucha gente que confunde el culo con las témporas.
--Son tan malos ellos como los que juegan en sus opiniones con el Rey Arturo, Sancho Panza y Alicia en el país de las maravillas. Iguales.
--¡Iguales! ¡No me jodas, Hernández!
--Dejémoslo. Que te va a dar algo.
--Sí, dejémoslo.
Iglesias bufó como un toro banderilleado. Luego reparó en la carpeta que Hernández tenía delante. Se asomó por encima de su cabeza y, algo más tranquilo, dijo:
--Veo que le sigues dando vueltas a esta mierda.
--Sí, me lleva de cabeza. A ver si la limpio de una vez.
--Al final, ¿qué hay del último testigo? Ese … ¿cómo se llama?
--FG.
--Sí, FG o HI, que para el caso es lo mismo. ¿No te dijo hace unos días que hoy te diría algo?
--Sí. Acaba de llamar. Hoy o mañana saldré hacia la Costa Dorada.
--¿Están allí?
--Por lo visto, sí. FG me ha dicho que piensan alojarse en algún hotel de El Pinar.
--Descarta los que no tengan SPA. Ya sabes que la mayoría de los insomnes frecuentan esos lugares de relajamiento.
--Ya he pensado en ello. Veremos cómo va todo. ¿Y tú, cómo llevas el asunto del vendedor ambulante?
--Es pan comido. Un detalle más y será devuelto a su país.
--También es una forma triste de terminar su aventura.
-- Si antes no aparece un grupo de esos, indignados siempre contra el sistema, que salen a defender lo indefendible y forman una barrera humana para impedir la resolución del juez.

miércoles, 23 de abril de 2014

EL DÍA DEL LIBRO






Así es abril: ayer estuvo lloviendo todo el día y hoy, Día del Libro, el cielo está azul y brilla un sol espléndido, propio para recorrer los puestos de libros en busca de alguno que merezca la pena de pasar a la historia de los recuerdos de tal festividad, festividad que por otra parte conlleva muchos puntos negativos, el principal de los cuales es que llegue a convertirse en el único día del año en que se compra un libro; sí he dicho “se compra”, que no “se lee”. Dejando eso aparte, que cada uno tome el día como mejor le vaya.
Hoy se entrega el Premio Cervantes a Poniatowska, una escritora mejicana octogenaria poco conocida entre nosotros pero que sin duda es merecedora del premio como lo fueron sus predecesores y lo serán quienes vengan detrás de ella... para quienes forman parte del Jurado. En Cataluña se celebra también el Día de Sant Jordi, el vencedor del dragón de la ignorancia, en medio de tantos tontos contemporáneos que viven de la ilusión y el espejismo de la separación, y las rosas que, arrancadas de sus rosales, acabarán ajándose de aburrimiento en algún jarrón de casa cuando no entre las manos de los ociosos que preferirán lucirse entre las abarrotadas calles del centro de Barcelona a buscar la soledad amable de la lectura.
Entre tanto, medio mundo busca las cosquillas al otro medio intentando llegar a las manos “por un palmo más de tierra”.
Pinto a ratos. Doy una vuelta con la bici, leo y escribo un poco y, en cuanto pueda, me acercaré a algún puesto de libros del pueblo en busca de uno que valga la pena, un clásico tal vez, mejor que uno de estos bestsellers que antes de que te des cuenta han pasado al olvido. Precisamente estoy de acuerdo con la idea de que hoy se escribe y se publica tanto que en ello se halla el virus que acabará con la verdadera escritura, la que deleita y enseña a pensar y a sentir.



TRES LIBROS PARA EL DÍA DEL LIBRO


En vez de seguir la corriente de contribuir al negocio del libro como venta exclusiva de un producto más (según las estadísticas, en Barcelona se vende sólo en el Día de Libro la mitad de lo que se vende durante todo un año), adquiriendo el último título que ha parido Dios sabe qué cerebrito popular, prefiero darme una vuelta por los puestos sencillos de mi pueblo y comprar por el precio de uno de aquéllos unos cuantos que sirvan para recordar, volver a leer o leer por primera vez lo que me interesó siempre. En esta ocasión, me he traído a casa tres libros que guardan la nota común de abrir ventanas a la belleza y al conocimiento por medio del arte y la literatura. A esta última pertenecen dos de los volúmenes adquiridos: uno de Clásicos Planeta perteneciente a la colección dirigida por tres grandes de nuestras letras, José Manuel Blecua, Martín de Riquer (dos de mis mejores maestros universitarios) y José María Valverde; me refiero al Teatro Completo y Relatos, de Chéjov (Introducción imprescindible del mencionado Valverde), más de mil cien páginas con las obras teatrales de este ruso universal, entre las que destacan La gaviota, El tío Vania o El jardín de los cerezos, así como los Relatos escritos entre 1883 y 1885, algunos de cuyos títulos son: El espejo curvo (cuento de Navidad), La muerte de un funcionario, El actor trágico, La cerilla sueca (relato policiaco), La lectura, En el cementerio, Retahíla, El cuervo, El cadáver, El escritor o El empresario bajo el diván (historia de entre bastidores).
El otro libro es el poemario Cuadernos de Barlovento, del poeta Enrique Badosa, al que tuve ocasión de saludar hace poco en el Ateneo de Barcelona con motivo del homenaje que le hizo El laberinto de Ariadna. Publicado en Selecciones de poesía española de Plaza y Janés, Barcelona, 1996, reúne poemas escritos entre 1968 y 1985 durante los viajes que el autor de Epigramas confidenciales realizó por varios lugares del mundo, desde Cap Sa Sal, famoso cabo de la costa de Bagur (Gerona), hasta El Cuzco, ciudad del sureste del Perú donde se encuentra el corazón del imperio inca, pasando por Lanzarote, Sicilia o simplemente navegando en alta mar. Destacan en estos Cuadernos, cada uno dedicado a cantar lo visto y ensoñado en cada lugar, los poemas breves (combinaciones excelentes de heptasílabos y endecasílabos, a veces sólo de endecasílabos, siempre blancos), algunos de cuyos ejemplos son: Templo de Segesta, Teatro en Taormina, Tula, Libertad, Obsidiana, Kabah, Plaza de armas, Tampu Machay, Huaca o Cóndor, por no hacer más extensa la lista.
En cuanto al tercero de los libros adquiridos el Día del Libro, se trata de un repaso exhaustivo por el Modernismo barcelonés, si bien cuando la ruta se extiende fuera de la ciudad condal el libro, que se titula precisamente Ruta del Modernismo. Barcelona, editado lujosamente por el Institut Municipal del Paisatge Urbà i la Qualitat de Vida, del Ayuntamiento de Barcelona, se olvida lamentablemente de citar al menos entre sus más de doscientas cincuenta páginas un monumento modernista emblemático de mi ciudad, Cerdanyola del Vallés, a saber, el Museo de Arte Can Doménech, obra de los arquitectos Buidas y Balcells y construido en 1894. Pero seguimos. El libro en cuestión estudia y presenta 115 hitos modernistas situados en Barcelona, comenzando en la Casa Estapé (paseo de san Juan) y acabando en el Mosaico de la iglesia de san Paciano (calle Vallés), pasando por lugares tan señalados como el Palacio Güell (Nou de la Rambla), Mercado de la Boquería, Palacio de la Virreina (ambos en la Rambla), Ateneo barcelonés (la Canuda), Catalana de Gas (Portal del Ángel, Els Quatre gats (Montsió), Palacio de la Música catalana (San Francisco de Paula), Casa Amatller, Casa Batlló, La Pedrera (las tres en en paseo de Gracia), La Sagrada Familia (Mallorca), Hospital de Santa Paz y San Pablo (San Antonio María Claret), Casa de la Lactancia (Gran Vía), Museo Nacional de Arte de Cataluña (Montjuic), Caixa Forum, Fábrica Casa-Ramona (Marqués de Comillas), el Parque Güell y un largo, larguísimo etcétera que convierten a Barcelona en la ciudad europea modernista por excelencia. Luego la ruta se extiende por otros lugares de la provincia para mostrarnos monumentos que no van muy a la zaga de los descritos antes, como la Colonia Güell en Santa Coloma de Cervelló, Manresa, Reus, Mataró, Sitges, Villafranca del Panadés y otros. El libro, además de los conocimientos artísticos, históricos y biográficos que aporta, incluye un sinfín de ilustraciones que hacen más comprensivo el cúmulo de datos, un índice onomástico que favorece la búsqueda de los diversos monumentos en cuestión y unos imprescindibles planos de Barcelona con la ubicación exacta de los mismos. 

miércoles, 2 de abril de 2014

LA EDUCACIÓN A DEBATE




En este país todos sabemos de todo y creemos tener derecho a manifestar nuestra opinión. No pretendo criticar esa condición inherente al españolito medio, pero sé que si lo pensáramos un poco y leyéramos más, los problemas de todo tiempo, desde los personales y familiares hasta los profesionales, pasando por los económicos, sanitarios y educacionales, por citar unos pocos, esos problemas que nos acucian a diario a todos por igual, no lo serían tanto. En cuanto a los problemas educacionales, los más de cuarenta años que estuve en la brega docente me avalan para afirmar que se deben principalmente a los siguientes factores: en primer lugar, al cambio constante de las Leyes de Educación, uno cada vez que cambia el partido del gobierno (creo que desde que los dos partidos mayoritarios se alternan en el poder, llevamos más de treinta Leyes de Educación); y lo que es peor, no hay en ninguno de los dos la menor intención de sentarse alrededor de una mesa para procurar acercar posiciones y llegar a un acuerdo viable. 
En segundo lugar, está la ley del mínimo esfuerzo de la mayoría de los alumnos, acostumbrados a conformarse con realizar los deberes en casa (quienes los hacen) y aprobar por la mínima los controles evaluadores; los que van más allá de ese conformismo, aprenden de memoria los contenidos y se olvidan de reflexionar sobre su alcance significativo y práctico, haciendo válido así el argumento de las autoridades académicas, que, por otra parte, en nuestro país, han pisado muy poco el aula y desconocen los pros y los contras de la aventura que representa una sola clase, sujeta a varios elementos que deben estar debidamente preparados y coordinados alrededor de constantes explicaciones y aclaraciones de conceptos y términos propios de la asignatura impartida y de exactas y meditadas correcciones para garantizar el ritmo adecuado de aprendizaje de cada alumno, sin bajar la guardia un solo instante en lo que se refiere a mantener la atención y la actitud disciplinar de los educandos. 
En tercer lugar, a la escasa exigencia de muchos de nosotros los profesores y de las volubles tablas de medir el aprendizaje de nuestros discípulos, por no hablar de la nula colaboración con el resto de los colegas en unificar criterios de evaluación, con lo que se suele acabar sembrando dudas en los propios alumnos sobre qué objetivos cognitivos y actitudinales deben conseguir. 
En cuarto lugar, a los padres de los alumnos que critican la capacidad de los docentes delante de sus hijos…Y no olvidemos, el último escalón que pretenden bajar para acabar de una vez con la educación de sus propios hijos: salir a la calle para exigir a grito pelado y a pancarta con faltas de ortografía que se supriman los deberes escolares para hacer en casa.

martes, 25 de marzo de 2014

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DE VIAJES EN TREN





DE VIAJES EN TREN

La presencia del tren en mi vida es algo que debo considerar seriamente pues de otro modo me comportaría como un auténtico desagradecido. Los trenes de mi infancia eran de pequeño recorrido pero de grandes emociones. El primero me llevó de Zamora a Medina del Campo, comida a bordo incluida, tortilla española y carne empanada. Recuerdo que mi padre llevaba también una bota de vino y que por primera vez tenté el cuero en alto y me manché de vino la camisa. 
Aunque la forma de viajar en tren sea diferente dependiendo de la comodidad y rapidez del mismo, el fondo siempre es el mismo: la imaginación que vuela paralela al paisaje de allende las ventanillas, el gusto de viajar, de conocer otros mundos, otras gentes, y el placer de compartir un espacio que rueda sobre unos raíles hacia un mismo destino y en un mismo tiempo. Y el cosquilleo interior al partir y al llegar.
A veces los viajes en tren se deben a motivaciones diferentes que van desde la alegría más completa a la tristeza más amarga, como ocurrió en el verano del sesenta y ocho en que una noticia luctuosa acababa de llegar a casa. Un tío mío, hermano de mi madre, tras padecer una enfermedad incurable, estaba agonizando en una habitación del Hospital de La Paz, de Madrid, y se temía que de un momento a otro abandonara este mundo. Y como el único de la familia que estaba disponible era un servidor, tuve que acompañar a mi madre a lo que parecía acabar en el entierro de su hermano pequeño.
Entonces se daba la circunstancia de que mi madre se había quedado viuda dos años antes y la sempiterna guerra que había mantenido siempre con su delicado corazón, se agravó desde entonces con frecuentes ataques que la ponían al borde de la muerte y que sólo el cardiotónico recetado por el médico había logrado aliviarla hasta el momento. Así que provistos de la milagrosa medicina y de todo lo necesario para pasar una noche entera en el tren y el día del entierro en la capital de España, cogimos un convoy nocturno en la Estación del Norte. Durante aquella noche apenas pudimos pegar ojo ninguno de los dos: mi madre, por el disgusto que llevaba encima, y yo, por tener que estar pendiente de que a ella no le diera uno de sus temidos ataques al corazón y de que si le daba ponerle remedio a tiempo. Así que intentaba distraerla con conversaciones que nada tenían que ver con el luctuoso suceso, hablándole de mi novia, del colegio…, pero ella no hacía más que repetir, entre suspiro y suspiro, esta única idea:
--¡Pobre hermano mío! Ahora que ha encontrado un trabajo duradero, ahora que acaba de comprar una casa donde puede reunir a toda su familia y empezar juntos una nueva vida, se muere. ¡Pobre!
 Y mientras escuchaba sus temblorosas palabras, yo palpaba el cardiotónico alojado en mi bolsillo y recordaba a mi tío, moribundo en aquellas horas, en otros momentos agradables de su vida, cuando era Guardia Jurado en Medina del Campo y alguna vez nos iba a visitar a Zamora; recordaba que, todavía niño, me reía hasta no poder más escuchándole sus enrevesados trabalenguas, como el más famoso de todos que decía: “Oiga, compadre Guerra, ¿por qué le pegado usted con la porra de parra a la perra de Parra? Porque si la perra de parra no hubiera mordido al compadre Guerra, el compadre Guerra no hubiera pegado con la porra de parra a la perra de Parra…”
Trabalenguas que, mientras cruzábamos la noche española a bordo de aquel tren para enterrarlo, adquirían una solemnidad tan contundente que me hicieron saltar las lágrimas. Logré que mi madre no las viera y así no aumenté más su tristeza. El tacatá monótono del tren y el olor de carbonilla que de vez en cuando entraba en el compartimento eran una compañía tan efectiva como el cardiotónico que llevaba en el bolsillo.
Amanecía cuando llegamos a la estación de Chamartín. Desayunamos un café con leche y una pasta en el bar y luego salimos a la calle para coger un taxi que nos llevara al centro hospitalario donde mi tío habría muerto ya a aquellas horas.


  


Cuando las motivaciones del viaje son totalmente opuestas, la alegría y la sorpresa nos aguardan a la vuelta de cualquier esquina y con el simple paso de las horas. Como cuando volvimos a Madrid para pasar los primeros días de un otoño inolvidables. A la romántica luz de esa estación del año todo, desde las fachadas hasta el cielo, pasando por los árboles y los tejados y remates de los edificios más emblemáticos de la ciudad, parece recién estrenado. Da gusto pasear bajo esa claridad suave y serena, y las conversaciones de las gentes que se cruzan con nosotros en las aceras y el rodar de los coches por las vecinas calzadas componen la mejor sinfonía de todas, la que canta en el corazón y alumbra el alma. La comida tranquila en un lugar del casco viejo y el posterior paseo por el Retiro para distraer la vista y ayudar a una buena digestión se convierten en dos de los placeres cotidianos ineludibles.
Sean las que sean las motivaciones del viaje, es conveniente acompañarse de un buen libro. Yo siempre lo hago. Sería muy largo y nada propio de este momento hacer una lista de libros, entre sí diferentes, amenos, reflexivos. Pero sí me referiré a uno que se comportó como un buen amigo: La colina de los chopos,  de Juan Ramón Jiménez. Los Aforismos, acompañados por la música monótona del tren, se convertían en la lectura más idónea. “Suelo confundir la mujer desnuda con la muerte” (un escalofrío). “Lo bello da a la vida una ‘eternidad suficiente y verdadera’ que acaba bien con la muerte” (una sorpresa). “Quiero ser, a un tiempo, la flecha y el punto donde se clava… o se pierde” (otro escalofrío). “¡Quién tuviera, con una buena memoria, un buen olvido” (otra sorpresa).
Nos apeamos mi madre y yo del taxi delante de la puerta del Hospital, en una de cuyas habitaciones hacía poco que mi tío Tano había muerto. Según nos dijo su desconsolada  viuda, el triste desenlace había tenido lugar en las primeras horas de la madrugada. El hombre que me había hecho reír más de una vez con simpáticas ocurrencias y divertidos trabalenguas yacía tendido sobre la cama en que había muerto y aún su cuerpo estaba tibio. Yo temía que a mi madre, en cuanto viera a su hermano de aquella guisa, le diera uno de aquellos temibles ataques al corazón. Pero no fue así; al contrario, ante mi sorpresa, ayudó a la viuda a desnudar al muerto y a ponerle la ropa del entierro. Me sorprendió la flexibilidad que aún mantenían los brazos y las piernas del cadáver en un momento en que ayudé a las dos mujeres a meter sus piernas en los pantalones. Acabamos de vestir al muerto y esperamos a que un celador llegara para llevárselo al depósito. En el intervalo se presentó mi primo Tomás, que acababa de llegar en tren desde Valladolid. Los dos bajamos en el montacargas con el celador y el cadáver de nuestro tío hasta la planta fría, mal alumbrada y silenciosa donde se abrían las cámaras de los depósitos. En una de ellas, sobre una plataforma de cemento, el celador dejó el cadáver y se marchó. Oí cómo se alejaba el rodar de la litera. Allí abajo noté con claridad la crueldad impía de la muerte. Pero sólo duró hasta la llegada de las dos mujeres. A mi tía le faltaban los papeles de la funeraria y tuvimos que encargarnos mi primo y yo de resolver el problema. Había que pasar antes por el piso de Entrevías a coger unos documentos y con ellos volver a la agencia funeraria para encargar el féretro. Antes de salir, me acerqué a mi madre y le pregunté si se encontraba bien porque notaba cierto temblor en sus labios. Y como me contestó que estaba bien, que no me preocupara por ella y fuera a arreglar el entierro de Tano, salí del Hospital en compañía de mi primo camino de la primera boca de metro. El tren subterráneo iba a aquellas horas de la mañana atestado de gente y entramos en el vagón como pudimos. Viajábamos sin decirnos nada hasta que mi primo me preguntó por mis hermanos; correspondí a su interés preguntándole por los suyos. La gente, adormilada, apenas hablaba tampoco; así que el murmullo en sordina de los escasos diálogos y el ruido continuo del tren en movimiento componían la única sinfonía de aquella mañana gris y triste.
La zona donde se levantaba el edificio de pisos donde había comprado el suyo mi tío aún aparecía sembrada aquí y allá de cascotes y residuos de las obras. Y cuando abrimos el pìso, se me cayó el alma al suelo al verlo sucio y polvoriento y con varias cajas sin aún desembalar repartidas por varias estancias. Como nos había dicho mi tía, los documentos se encontraban en la cocina, dentro de un tarro de legumbres. Los cogimos y, echando la misma mirada de lástima a lo que dejábamos allí dentro, desanduvimos el recorrido anterior hasta la estación de metro de origen. Allí cruzamos de acera para acercarnos a la funeraria. Arreglamos los trámites y volvimos a los depósitos del Hospital.
Allí, en la cámara donde estaba nuestro querido muerto, me esperaba algo que me temía. Mi madre estaba sentada en un sillón con la cabeza para atrás, las piernas temblorosas, suspirando y poniendo los ojos en blanco, tal y como se ponía cuando le daba uno de sus terribles ataques , mientras mi tía le cogía por las manos e intentaba tranquilizarla susurrando palabras de cariño en su oreja.
--Deja, tía—le dije mientras cogía a mi madre por la nuca y sacaba del bolsillo el cardiotónico--. Tomás, tráeme un vaso de agua, por favor.—Cuando mi primo me lo trajo, eché en él unas gotas del frasco milagroso y lo arrimé a los labios de mi madre, que todavía temblaban lo mismo que sus piernas. A los pocos minutos empezó a calmarse.
A media mañana aparecieron dos empleados de la funeraria con el féretro y de nuevo temí que mi madre sufriera otro ataque. Gracias a Dios no fue así y, cogida del brazo de su cuñada, asistió a la operación rutinaria de los funerarios (descorazonadora para sus familiares) de alojar al cadáver en la caja que lo acompañaría a la tierra. Vi que el cuerpo de mi tío estaba completamente rígido y, antes de que le pusieran la tapa al féretro, me acerqué a besarle la frente, que estaba absolutamente gélida. Una tristeza indescriptible me hizo temblar de pies a cabeza y no pude evitar que se me escaparan dos lágrimas enormes.




¡Qué diferente la sensación de la noche del premio! No cabía en mi cuerpo de lo alegre y satisfecho que estaba de mí mismo en aquella mesa ocupada por personas que la única preocupación que tenían era estar pendiente de que nada nos faltara a mi mujer y a mí. La cena transcurrió entre comentarios que elogiaban la buena comida y la buena literatura. El periodista que estaba sentado frente a mí sacó a colación la opípara y abundante comida que se sirvió en las Bodas de Camacho del Quijote y el vecino, a petición del anterior, recitó La cena, de Baltasar del Alcázar, “En Jaén, donde resido, /vive don Lope de Sosa / y diréte, Inés, la cosa / más brava de él que has oído…” Los aplausos sonaban por doquier con la misma fuerza que las risas. Cualquier tema que se tocara aquella noche de fiesta en la que reinaban la euforia y el rioja era bien venido, y la risa y el buen humor ponían el resto. Y sabedores de mi oficio, pidieron que expresara mi opinión sobre el absentismo escolar, problema que por entonces se había convertido en  galopante. Dije lo que pensaba y era que parte de la culpa la tenían los propios padres de los alumnos, que pasan la mayoría del tiempo fuera de casa y acostumbran a sus hijos a lo que se ha dado en llamar últimamente la técnica de la llave al cuello y la soledad del domicilio. Y con estos ingredientes era fácil ver a los chicos y las chicas en edad escolar desentenderse de sus responsabilidades más cercanas (una de ellas la de no asistir siquiera a las clases) con el único objeto de llamar la atención de sus despistados progenitores. Y acabé confiando en que éstos se den cuenta de su error antes de que sea demasiado tarde. Hubo comentarios de todo tipo, pero la aparente seriedad del tema pasó a segundo término en cuanto los dueños del restaurante levantaron sus copas para brindar por todos los que un día, tras pasar esos años difíciles de la adolescencia, lleguen a escribir relatos como el ganador del premio elogiando la presencia de una buena receta culinaria para hacer mejor la vida.
La fiesta acabó pasada la medianoche, y en un taxi, sin podernos creer lo que estábamos viviendo, regresamos al hotel con el dinero del premio, la cesta con productos alimenticios y la veintena de libros, por un Madrid románticamente iluminado que parecía rendirse a nuestros pies. La vida era un camino de rosas, pese a ser otoño en Madrid.
Nada tenía que ver con lo que vivimos aquel verano del 68  mi madre y yo en aquella misma ciudad que nos mostró su peor cara, la cara de la tristeza y de la muerte. A mi tío Tano lo enterramos en el cementerio de La Almudena, a pleno sol, en una fosa con paredes de ladrillo. Mientras el féretro con los restos de mi tío era descendido por los empleados de la funeraria haciendo rodar las cuerdas entre sus manos, con las mías aguantaba el cuerpo de mi madre que amenazaba derrumbarse de un momento a otro entre espasmos y temblores. Pero gracias a Dios no tuve que recurrir al cardiotónico.
Como el tren de vuelta a Barcelona salía a media tarde, mi madre y yo acompañamos a mi tía al piso de Entrevías que aún no había podido estrenar y, tras comer algunas cosas que compramos en una tienda del barrio, las dos mujeres se acostaron un rato en los colchones que había en una habitación. Yo me senté sobre una caja del comedor y abrí  La colina de los chopos por una página que tenía señalada.  “Estábamos hablando hace un instante: ‘Dentro de 20 años, cuando yo tenía 45…’ Y de pronto, malestar, menos cuerda, una luz y una sombra que huyen, la mano por los ojos: y sin saber cómo nos encontramos diciendo: ‘Hace 20 años, cuando yo tenía 45…’ Y ¿ qué es lo que ha pasado mientras tanto, en ese dudoso, incogible, incomprendido instante? Nada, eso, tiempo.” Ya no pude dormirme, descansar un poco de aquellas horas tan agobiantes y demoledoras. A pesar de mi juventud (hacía poco que había cumplido veinticuatro años), sentí todo el peso del tiempo y de la vida sobre mis espaldas y noté que algo se rompía en mi interior, como si el tapiz de la confianza en la existencia humana se hubiera rajado de repente. No podía quitarme de la cabeza la muerte de mi tío Tano, que, joven aún, había luchado y trabajado solo, a destajo y lejos de los suyos, una mujer y dos niños pequeños, para hacerse con un piso donde empezar una nueva vida todos juntos, y todo se lo había llevado de un soplo el tiempo, la muerte quiero decir, que a veces es lo mismo.








Y había sucedido allí, en Madrid, hacía más de treinta años de este otro viaje, tan diferente, a la misma ciudad para recibir un premio, bajo una luz otoñal y sagrada que lo hacía todo más duradero y feliz. Camino de la estación de Atocha, pensaba en todo eso, en que la vida es un tren que a veces lleva a los viajeros a estaciones oscuras, llenas de presagios y tristezas, pero otras los lleva a estaciones amables, llenas de esperanzas y alegrías. Y al pasar por delante del monumento al viajero, en el Jardín Tropical, justo antes de bajar a los andenes para coger el tren que nos llevaría de vuelta a Barcelona, ante aquellas maletas solitarias, aquel sombrero huérfano, aquel paraguas sin abril, hice posar a mi mujer delante del monumento para habitarlo de vida en mi cámara de fotos. Y también para no olvidar ninguno de aquellos otros viajes, tan separados unos de otros por los años y las razones.