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martes, 6 de marzo de 2012

LAS TERTULIAS DE MADRID

Adaptación libre del sainete del mismo nombre de don Ramón de la Cruz


PERSONAJES (Por orden de aparición)
DOÑA INÉS. Dama distinguida en cuya casa se celebran tertulias.
DOÑA PETRONILA. Su hermana.
DON LUIS. Amigo de don Juan, marido de doña Inés.
PERIQUILLO. Paje de doña Inés.
ABATE.
INVITADA 1.
INVITADA 2.
INVITADA 3.
CRIADA.
MÉDICO.
PEPITO. Un jovenzuelo aficionado a los títeres.
DON JUAN. Dueño de la casa y marido de Doña Inés.

La acción transcurre en casa de DON JUAN y DOÑA INÉS. En el salón, con una mesa baja y sillones alrededor, algún mueble más, cuadros y cortinas. Habrá dos puertas al fondo. Una da al dormitorio de DON JUAN y otra a la cocina. Y una tercera puerta comunicará con a la calle, por la que irán entrando los invitados y demás personajes ajenos a la casa.

DOÑA INÉS. (Llorando desconsolada.) ¡Qué desgracia, Dios mío! No poder hacer hoy la tertulia de los jueves.
DOÑA PETRONILA. (Condolida) Pero exactamente, ¿qué le ocurre a tu marido?
DOÑA INÉS. Está muy mal. Ha sufrido un terrible accidente. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué será de mí si él me falta? (Solloza.)
DOÑA PETRONILA. (Intentando calmarla.) Pues te ocurrirá lo que le ha pasado a otras. Aún eres joven y bien puesta. Por lo pronto, embanasta lo que puedas en los baúles y asegura las joyas. O, mejor, yo lo haré, que tú no estás para nada.
DOÑA INÉS. Espera un poco a ver qué dicen los médicos. Lo que siento es que no podré avisar a los contertulios.
(Entra DON LUIS.)
DON LUIS. ¿Cómo sigue el enfermo?
DOÑA INÉS. Mal, muy mal. (Repara en PERIQUILLO, su paje.) Periquillo.
PERIQUILLO. Diga usted, señora.
DOÑA INÉS. Que digo yo que sería mejor que fueras a avisar a los invitados a la tertulia para que no vinieran.
PERIQUILLO. ¡Pues vaya que son poquitos para avisarlos a todos.
DON LUIS. Perdone, doña Inés. Al que habría que avisar es al médico.
DOÑA INÉS. Tiene razón. Anda, Periquillo, ve a buscar al doctor de la familia. Ya sabes dónde vive.
(PERIQUILLO se va y entra un ABATE invitado previamente a la tertulia.)
ABATE. (Viendo llorosa a DOÑA INÉS y a su lado a PETRONILA consolándola.) ¿Qué sucede?
DOÑA INÉS. Que don Juan se encuentra muy mal a causa de un accidente que ha sufrido hoy en la calle.
ABATE. ¡Cuánto lo siento! ¿Han avisado ya al médico?
DON LUIS. Sí ya han ido a buscarlo.
DOÑA INÉS. Voy a dar una vuelta al dormitorio a ver cómo sigue el enfermo. (Desaparece por la puerta de la habitación.)
(Entran tres INVITADAS que, tras saludar, toman asiento en los sillones.)
DOÑA PETRONILA. Voy a ver por qué la criada no saca algún refresco.
INVITADA 1. Por mí no te apures. Hoy perdono el chocolate y los bizcochos.
INVITADA 2. Yo con lomo fresco me apaño.
INVITADA 3. A mí, media roca tierna y las pasas de siempre.
DOÑA INÉS. (Llegando de la habitación.) Sigue desmayado. (A DON LUIS.) Mire usted a ver si puede hacer algo.
DON LUIS. Ya me gustaría. Pero bien sabe usted que no entiendo nada de medicina ni de enfermedades. El que tendría que estar aquí ya es el doctor.
(Entra PERIQUILLO con el DOCTOR.)
DOÑA INÉS. Gracias que está usted aquí.
DOCTOR. En cuanto me lo han dicho. Vamos a ver al enfermo.
(Se va al dormitorio acompañado de DON LUIS. La CRIADA trae de comer y las invitadas y el abate se ponen a comer como verdaderos ansiosos.
CRIADA. (Aparte.) Bueno va esto. Y mi amo a punto de dar su alma a Dios.
(Entra PEPITO.)
PEPITO. ¿Llego a tiempo? (Se sienta a la mesa y picotea alguna cosa de los platos servidos.)
DOCTOR. (De vuelta de la habitación del enfermo. Mala cara.) La cosa no pinta bien.
PEPITO. (Al ABATE.) ¿Qué ocurre?
ABATE. Que don Juan está muy grave. Y ese doctor lo acaba de confirmar.
(Pero pronto vuelven los invitados a comer y a levantar la voz en chanzas y bromas.)
DON LUIS. (Sale de la habitación del enfermo enfadado.) Señoras, señores, valga la cortesía por Dios, que Don Juan se va de este mundo.
(Guardan unos segundos de silencio, pero enseguida vuelven al barullo y al bullicio.)
DOÑA INÉS. (Molesta.) Amigas, por la Virgen que os vayáis. El doctor me acaba de decir que mi marido no pasa de esta noche. Y yo deseo quedarme a solas con don Juan.
PEPITO. (Llamando a la CRIADA.) ¿Tenéis jamones en casa? ¿Y café? Con eso habrá bastante. En un rincón pasaremos la noche como duques.
DOÑA INÉS. Es imposible, amigos. Todos debéis iros ahora mismo.
DON LUIS. Perdone, doña Inés. Pero yo creo que es mejor que sea usted quien se vaya. Que alguna amiga de estas la acompañe. Y pues tanta confianza tiene con estos amigos suyos, nombre a uno que se haga cargo de las disposiciones legales, llaves, documentos y todo el protocolo que en estos casos luctuosos suelen aparecer.
INVITADA 1. Yo sería la primera en llevarte, pero ya sabes que tengo muchos hijos y me necesitan.
INVITADA 2. Yo también si mi casa dispusiera de una alcoba más.
INVITADA 3. Algo parecido me ocurre a mí, pues la única habitación de más la está ocupando ahora un pariente mío de Valladolid, que ha venido a pasar unos días en mi casa.
ABATE. En cuanto a mí, eso de los papeles y documentos no está bien visto que los haga gente de mi condición.
PEPITO. Yo lo haría si entendiera de papeles y si los testamentos no me dieran gafe.
DOÑA INÉS. (Sin poder contenerse.) ¡Basta! ¡Basta! ¿Y vosotras sois mis amigas en quien deposité tanta confianza? ¿Y cabe en los hombres mayor falta?
DOÑA PETRONILA. Esto te pasa por ofrecer tu casa a gente tan egoísta y gorrona.
(Aparece en la puerta de su habitación DON JUAN, vestido y con muy buena cara.)
DOÑA INÉS. (Entre sorprendida y ansiosa.) ¿Qué es esto, Juan mío? ¿No te estabas muriendo?
DON JUAN. (Acercándose al grupo muy solemne.) No, querida Inés. Por ahora no me muero. Todo ha sido una comedia que he preparado con mi amigo Luis y el Doctor para que aprendas hoy lo que te puede ocurrir mañana. Te lo repito una vez más, querida. Esta gente que viene a las tertulias sólo viene por un interés egoísta, a huir de sus casas y sus obligaciones y a comer gratis, sin importarle nada si alguien está enfermo o a punto de morirse. (Al grupo de gorrones.) ¿No es esto, señoras, señores? Respondan. Y quien mienta, que se caiga muerto de verdad.
(Todos se ponen de pie con la cabeza gacha y uno a uno, en silencio, desfilan avergonzados hacia la salida.)
FIN

viernes, 9 de diciembre de 2011

Mónologo del preso


MONÓLOGO DEL PRESO

Adaptación muy libre de un poema
del chileno Víctor Domingo Silva (1882-1960)

No saben ustedes lo guapa que era la americanita, la hija mayor de mi patrón mister Edward. Marylin de nombre pero que nosotros la llamábamos cariñosamente Lin.
Era rubia como el oro y más bonita que un día de sol.
(Pausa.)
Todavía recuerdo el alboroto que formaba cuando aparecía por la hacienda montada en su caballo Carbonero, negro y bello como una noche de verano, una mano en el lazo y otra en la rienda, chaqueta de cuero larga y pantalones tejanos. Iba ella mejor a caballo que todos nosotros juntos andando, y cuidado con que alguien hiciera el menor comentario negativo sobre la señorita y su manera de montar.
Una vez se le ocurrió a un lechuguino criticar la forma de montar de Lin, y poco le duró la crítica en la boca pues de un solo golpe de su lazo la señorita lo sacó de la silla de su caballo limpiamente.
(Pausa.)
Todos la queríamos a rabiar, se lo juro, y cuando se ausentaba de la hacienda para hacer algún recado en la capital, más la echábamos de menos a ella que al vino de las fiestas.
Lin tocaba a la perfección el acordeón y la guitarra, y en los rodeos, corriendo vacas con su corcel Carbonero, nos superaba a todos con una gracia y una elegancia dignas de premio.
(Pausa más larga.)
Pasó el tiempo. Se fue la señorita a vivir a la capital. Resultó para todos una verdadera desgracia verse privados de su belleza y alegría. Fue tan grande la pena que nos entró, que nos dio por beber sin freno y hasta olvidábamos a ratos la faena. Hasta que nos enteramos de que se había casado y que se iba a América. Incluso vimos en los papeles la noticia de su boda y a ella vestida de novia con un ramo de flores de azahar. Tan bonita como siempre. Y al novio más contento que unas castañuelas. ¡Cómo no iba a estarlo si se había llevado la flor de estos lugares, la luz que para nosotros relucía más que una estrella de Navidad.

(Pausa.)
Déjeme que haga memoria, como cada uno aprecia lo que tiene, ponga atención en lo que viene ahora, que es lo mejor de esta historia. Dicen que el marido era malo y muy celoso y un día nos dijeron que se había vuelto loco porque le había dicho ella en un momento de sinceridad que no estaba segura de si lo quería de verdad o no, y sin darle tiempo a explicarle sus dudas, desenfundó la pistola y la mató de un tiro.
(Pausa larga.)
¿Que por qué estoy aquí? Por muy poca cosa. Un día que acompañé al patrón a comprar ganado a la capital me perdí en la plaza y oí hablar del suceso del asesinato de la señorita, y un forastero
faltón y voceras por demás, con la boca caliente de tanto hablar de lo que desconocía, se permitió decir que la señorita Lin había llevado su merecido porque era una… ¡Señor! ¡Cómo iba
a ser eso mi patroncita! Y sin esperar un segundo, me llegué al forastero faltón, le llamé mal
nacido y saqué a relucir a todos sus parientes sin dejar a nadie, y como quiso pasarse de valiente y bravucón, lo desafié a pelear de hombre a hombre y en menos que canta un gallo lo cosí a cuchilladas por deslenguado.
(Pausa.)
Ni me arranqué corriendo ni me escondí de nadie. Fui hecho preso. ¿Por qué andar con
engaños? Me abrieron proceso y, demostrada mi culpabilidad, me condenaron a veinte años. Soy un reo, un penado. ¿Y que hay con eso?
FIN

sábado, 19 de noviembre de 2011

El café de máscaras


EL CAFÉ DE MÁSCARAS, de don Ramón de la Cruz
PERSONAJES (Por orden de aparición)
DON MAURO. Hombre metódico y padre celoso de sus obligaciones.
DOÑA MENDA. Viuda.
PAQUITA. Hija de la anterior.
DON MANUEL. Galán.
DOÑA JULIA. Dama ligera de cascos.
NISO. Marido de la anterior.
DON QUIROTECA, amigo de Don Mauro.
UN CAMARERO.
UNA PAREJA.
GITANA. De verdad.
HOMBRE. Su marido.
ESCOTOFINA. Hija de don Mauro.
CASILLENO. Su novio.
PRIMER CUADRO
En la calle, a la puerta del café donde más tarde se celebrará el baile de máscaras. Es por la tarde. La luz del día irá apagándose a medida que avance la obra.
DON MAURO (En la puerta del café, amparado por un árbol y disfrazado de caballero con antifaz mientras ve llegar gente disfrazada.) Este don Quiroteca siempre acaba liándome. Y aquí estoy, a la puerta del café, aguantando el mal gusto de la gente. Ya no es como antes, que se tenía gran cuidado con los disfraces y había porte y distinción en los disfrazados. Me estoy arrepintiendo. Menos mal que he dejado acostada en la cama a mi querida hija Escotofina. Ahí llegan doña Menda y su hija Paquita. ¡Qué descoque! Si apenas lleva muerto su marido dos semanas y ya tiene ganas de celebrarlo.
DOÑA MENDA. (De luto y con un velo negro tapándole la cara. A su hija.) No te apartes ni un instante de mi lado y no se te ocurra quitarte el velo que te cubre la cara. No sea que el diablo lo enrede todo y dé que murmurar.
PAQUITA (Enfadada.) Entonces qué. ¿Me has traído aquí para que me quede tiesa como un palo? (Entran en el café.)
(Llega DON MANUEL.)
DON MAURO. Ahí viene ese Don Juan de pacotilla en busca de algún plan para burlar a algún marido.
DON MANUEL. (Descubierto. Contando el dinero que lleva en la mano.) Uno, dos, tres, cuatro duros. No sé si tendré bastante para pasar la noche. Y tampoco me acaba de gustar el plan de doña Julia. Eso de que me presente así, sin taparme para que luego en medio del barullo del baile ella se junte conmigo en el primer descuido de su marido me tiene escamado. Ya veremos qué pasa. (Entra en el café.)
DON MAURO. Ahí llegan doña Julia y su marido Niso, blanco de los planes de Don Manuel.
DOÑA JULIA. (Disfrazada de gitana y con un capote de raso.) ¿Me traes algo para después, cariño mío?
NISO. (Haciéndole carantoñas.) Pues claro, mujercita. En la faldriquera te he metido almendras y un buen trozo de jamón para que tomes un bocado a medianoche.
DON MAURO. (Aparte.) Este tío sí que es ridículo. ¿Qué pretenderá un pobre oficinista con seis reales de sueldo? (Espera a que DOÑA JULIA y NISO entren en el café para hacer él lo mismo.)
SEGUNDO CUADRO
En el interior del café. Mesas ocupadas por algunas personas. En la barra hay algún parroquiano. Columnas y espejos. Están encendidas las lámparas del techo.
DON MAURO. (Se arrima a DON QUIROTECA, que con una careta de payaso está apoyado en la barra ante una taza de café.) A menudo sitio me has traído. Con lo bien que estaba yo en casa.
DON QUIROTECA. Paciencia. Dentro de nada verás al mundo tal como es, pese a las máscaras y disfraces que lleva puestos. Mira a la parejita de esa mesa.
(El CAMARERO se acerca a la PAREJITA, ella disfrazada de gata y él de gato, para servirles.)
EL CAMARERO. ¿Qué van a tomar ustedes?
LA PAREJITA. (Visiblemente enfadada.) ¡Nada!
EL CAMARERO. Pues para asado es muy bueno. (Vuelve a la barra. A DON MAURO.) ¿Y usted? ¿Va a tomar algo?
DON MAURO. Nada, gracias. En casa me espera la cenita y no quiero perder el apetito. (El CAMARERO (Se pone a fregar unos vasos.) (A DON QUIROTECA.) Lo que quiero es quitarme este antifaz. ¡Vaya calor hace aquí dentro! Pero por otra parte, no quiero que nadie me reconozca.
DON QUIROTECA. (Levantándose la careta de payaso.) Pues yo tengo que quitármela para tomar el café. (Da un sorbo a la taza.) Mauro, mira a Don Manuel montando el número con esa mujer sola disfrazada de gitana.
(DON MANUEL y la mujer disfrazada de gitana pasan por delante de DON MAURO y DON QUIROTECA.)
DON MANUEL. ¿Pero quién eres, mujer?
LA MUJER SOLA. Una mujer que se va.
DON MANUEL. Pues si te vas, ¿por qué no nos vemos mañana a las once en los Capuchinos?
LA MUJER SOLA. Lo podría ver doña Julia.
DON MANUEL. ¿Qué Julia? Julia es una birria. A quien yo quiero es a ti.
LA MUJER SOLA. (Se va enfadada.) Esta me las paga el muy imbécil.
DON MAURO. Ese tío es un infeliz. No sabe el muy bruto que esa mujer es precisamente doña Julia.
DON QUIROTECA. ¡No me digas! ¿Qué te decía yo? Aquí el mundo se muestra tal como es. Mira, si no, a ese energúmeno que viene hacia aquí gritando.
NISO. (Hecho un basilisco.) ¿En dónde se habrá metido esta mujer mía? (Vocea.) ¡Julia!, ¡Julia! (A DON MAURO.) ¿Ha visto usted a mi mujer?
DON MAURO. Si le digo la verdad, hace un momento la vi salir del café.
(NISO tropieza con DON MANUEL.)
NISO. ¿Ha visto usted a mi mujer?
DON MANUEL. ¿De qué va disfrazada?
NISO. De gitana.
DON MANUEL. (Asombrado.) ¿De gitana dice? (Titubea.) Pues… pues…, no, no, no creo.
(Se van cada uno por su lado.)
DON MAURO. Me alegro de haber venido. Esto es verdaderamente un sainete donde el mundo se retrata a sí mismo. Y ahora veo que he hecho bien en no traer aquí a mi Escotofina del alma. ¡Qué ricamente debe estar en la cama!
(Aparecen por la puerta del café una GITANA y un SEÑOR que traen a NISO desmayado.)GITANA. (Rodeada de gente.) He aquí lo que ha pasado. (Señala a NISO.) Este hombre desmayado iba buscando ansiosamente a su mujer, disfrazada de gitana, y al verme se ha creído que era ella, y me ha abrazado con fuerza sin apreciar que llevaba de mi brazo a mi hombre aquí presente (Señala a su acompañante.) Entonces se han puesto a pelear y mi marido le ha sacudido un mamporro que ha dado con él en el suelo. Y se ha traspuesto, como ven.
(Todos se van quitando los disfraces. DOÑA JULIA, regañando con DON MANUEL, se acerca a NISO, que en ese momento abre los ojos.)
DOÑA JULIA. (A NISO con mimo.) Hola, cariño. Gracias por volver en ti y gracias por todo. De ahora en adelante verás cómo cambio y estoy sólo por ti.
(La parejita disfrazada de gatos también se quita las caretas. Ella es ESCOTOFINA, la hija de DON MAURO, y él, DON CASILLENO, el novio de ella. DON MAURO, al ver a su hija se acerca a ella visiblemente sorprendido.)
DON MAURO. ¡Hija ingrata! ¿Tú aquí sin saberlo tu padre? (A su novio.) ¿Y usted quién es, joven? ¡Cómo se atreve…!
DON CASILLENO. (Con gesto de pedir calma.) Paciencia, don Mauro. No estropeemos la función. En pocas palabras se lo digo: Desde este mismo momento usted es mi suegro; lo demás se lo diré en casa.
(Todos ríen y aplauden.)
FIN
Adaptación libre de Esteban Conde Choya

viernes, 28 de octubre de 2011

El postigo de la traición


 
Zamora, siglo XI, durante el sitio de la ciudad por Sancho II.



PRIMER CUADRO

En el palacio del noble Arias Gonzalo, amigo personal de la infanta Urraca, reina de Zamora, el cual, alarmado por los rumores que corren por la ciudad de que el forastero Bellido Dolfos anda convenciendo a los habitantes para entregar a Zamora al rey sitiador sin derramar una gota de sangre, lo manda llamar al palacio.




ARIAS GONZALO
Hasta ahora no te he impedido que rondes por las calles de la ciudad pidiendo limosna y comida a sus habitantes, pero si es verdad que andas metiendo cizaña entre las gentes para que ayuden al rey Sancho a despojar a nuestra Reina, su hermana, de la ciudad que su padre el rey Fernando le cedió en el lecho de muerte, me veré obligado a expulsarte de la ciudad.
BELLIDO DOLFOS
No es verdad, mi señor Arias Gonzalo. Yo sólo voy rezando por la ciudad, rogando a Dios y a María su Santa Madre que haya paz para todo el mundo. Porque el que a hierro mata a hierro muere.
ARIAS GONZALO
Eso está muy bien, pero como sabes la ciudad está sitiada injustamente y los que vivimos en ella debemos defenderla con hierro si es necesario. Los sitiadores nos roban las reses para sus comidas, nos talan los árboles para hacer fuego. Porque, vamos a ver, ¿tú no te ves amenazado por las flechas que nos arrojan los sitiadores? ¿Por los insultos que nos dedican a cada momento, llamándonos ratas y cosas peores, hasta que estamos amancebados con nuestra reina Urraca?
BELLIDO DOLFOS
Yo no tengo nada que ver con eso. Me basta con vivir.
ARIAS GONZALO
Pues no es suficiente. Por eso te acuso de sembrar el descontento y la traición entre la gente y de ir contra la voluntad sagrada del Emperador. Contra la de nuestra Reina y contra la mía, que es sacrificar la vida de todos los zamoranos y de mis cuatro hijos los primeros, si es preciso.
BELLIDO DOLFOS
Haz con tu casa y tu familia lo que quieras, que para eso son tuyas. Pero deja en paz a los zamoranos. Mira los ejércitos que esperan en el campo de la verdad a entrar a saco y fuego en la ciudad. Nos roban las reses para sus comidas, nos talan los árboles para hacer sus fuegos. Y esperan, esperan a que tu obcecación por defender lo indefendible haga caer en sus manos la ciudad como una fruta madura. Esos ejércitos han vencido ya al rey de León Alfonso y a García de Galicia. ¿No van a vencer a un viejo caduco como tú y a una débil infanta? ¿De cuánto armamento dispones comparado con el suyo? Y aunque las murallas de la ciudad sean inexpugnables, sólo nos servirán de tumba cuando los alimentos y el agua se acaben. Abre las puertas a Sancho y él te tratará como un cristiano. Si esperas a que él las derribe, entrará en la ciudad con la muerte en la mano. Ábrele las puertas, viejo obstinado, y haz salir por ellas una procesión con el Santo Sacramento, y verás cómo el rey Sancho te nombra a cambio alcalde de Zamora.
ARIAS GONZALO (Enfadado)
Sal de mi casa ahora mismo. Y como me entere de que sigues soliviantando a la gente con tus pérfidas palabras, te arrancaré la lengua y luego te colgaré de la muralla sobre el postigo que quieres abrir a tus amigos.



SEGUNDO CUADRO

En la ermita del abad del rey Sancho, extramuros de la ciudad, junto al campamento de los sitiadores.

ABAD
Mucho te juegas, Bellido, al andar de la ciudad aquí valiéndote del pasadizo y mucho nos jugamos todos si llegan a descubrirte.
BELLIDO DOLFOS
No hay cuidado. La entrada se halla en un lugar apartado y lleno de escombros que la gente evita. El caso es que estoy otra vez aquí.
ABAD
¿Qué, por fin te unes a nosotros?
BELLIDO DOLFOS
A eso vengo. Ya estoy harto de que allí me traten como a un apestado. Llévame a la tienda del rey Sancho, que quiero tratar con él de un asunto que le conviene en sumo grado.
ABAD
¿Es que al fin te has decidido a entregarle la ciudad de su hermana?
BELLIDO DOLFOS
Eso debo tratarlo exclusivamente con él. Llévame a su tienda.
ABAD
Mira que si es para una nimiedad, el Rey nos hará morder el polvo a los dos. Y yo quiero seguir al cargo de esta ermita, que mi seguridad me proporciona. Así que, si no me dices para qué quieres ver al Rey, no te conduciré hasta su tienda.
BELLIDO DOLFOS (Sacando un cuchillo de debajo de la ropa y apuntando la abultada barriga del Abad.)
Te he dicho, gordo seboso, que ese asunto sólo lo trataré con Sancho. Y si no me llevas ahora mismo ante él, date por muerto.
ABAD (Temblando de miedo)
Ese acero es la mejor de las razones. Te conduciré hasta el Rey.





TERCER CUADRO

En la tienda del rey Sancho, que, sentado a una mesa, está comiendo unas viandas.

ABAD
Perdonad, buen rey, esta impertinencia. Pero aquí hay un hombre que quiere deciros algo que tiene que ver con la ciudad sitiada.
REY (Sin dejar de comer, a BELLIDO)
¿Es eso cierto?
BELLIDO DOLFOS (Inclinándose ante el Rey)
Sí, mi señor.
REY (Al ABAD)
Déjanos solos.
ABAD
Como gustéis  (Sale.)
REY
¿Quieres un pedazo de cecina? (Se lo ofrece con su propio cuchillo)
BELLIDO DOLFOS (Cogiéndolo). Gracias, mi señor. (Lo mastica despacio, como si quisiera degustarlo a sus anchas).
REY (Sonriendo)
¿Por qué comes tan despacio? En lo flaco que estás se ve que eres zamorano.
BELLIDO DOLFOS
No lo soy, y eso mismo tiene que ver con lo que he venido a deciros, mi señor. (Vuelve a inclinarse.)
REY
Pues te comportas como si fueras uno de ellos, débil y cobarde.
BELLIDO DOLFOS
En eso estáis más que equivocado. Si fueran cobardes, como decís, ya os hubieran entregado la ciudad.
REY
¡Bah!, un hombre viejo y una mujer acabarán cansándose pronto.
BELLIDO DOLFOS
De nuevo volvéis a equivocaros. Urraca, vuestra hermana, es apasionada y orgullosa, y antes de darse por vencida, daría su cuerpo de comida a los cuervos. Y en cuanto a Arias Gonzalo, no he visto hombre más tenaz y soberbio que él.

(Entra en la tienda un GUERRERO)

GUERRERO (al REY)
No escuchéis, señor, a este hombre (Señala a BELLIDO), que ha traicionado varias veces hasta a su propia gente. Incluso el propio Arias Gonzalo lo ha gritado desde las almenas en cuanto se ha enterado de que había huido. Y más cosas.
REY (Sorprendido)
¿Qué cosas?
GUERRERO
Que ni es zamorano ni nadie sabe de dónde ha salido, como no sea del mismísimo infierno, que lo han echado de la ciudad y que de cualquier mal que te venga de él, buen rey, ni Arias Gonzalo ni Urraca ni ningún zamorano se hará responsable.
BELLIDO DOLFOS
¿Y vos creéis eso? Mienten como bellacos. Y antes se coge a un embustero que a un cojo. Primero dicen que he huido, luego que me han echado de Zamora. Os diré, mi señor, que los zamoranos me han rechazado, como los judíos rechazaron a Nuestro Señor Jesucristo. Yo, señor, quiero que haya paz entre todos. Ni estoy a favor de unos ni de otros. Y si hacéis que hablemos a solas, os diré el modo de acabar con esta guerra que ya dura demasiado.
REY (Hace un gesto al GUERRERO para que abandone la tienda. Pausa. A solas de nuevo con BELLIDO)
Soy todo oídos.
BELLIDO DOLFOS
Es verdad que he salido de Zamora. Pero no huido, ni tampoco expulsado, sino guiado por Dios a través de un pasadizo que nadie conoce sino yo y que puede poner Zamora en tus manos.
REY (Levantándose de la mesa y acercándose a BELLIDO)
Descúbreme ese pasadizo y te llenaré de oro. Ocúltamelo y te sacaré los ojos.
BELLIDO DOLFOS
Si no quisiera mostrároslo, ¿habría venido hasta aquí? Yo os mostraré el pasadizo, y vos mismo comprobaréis si es fácil o no entrar en la ciudad. Pero os pongo una condición. Y es que una vez os halléis dentro de Zamora, ni vos ni nadie de vuestras huestes debe herir, matar, violar, robar o quemar a ningún zamorano.
REY (Enfadado)
¿Y quién eres tú para poner condiciones a todo un rey?
BELLIDO DOLFOS (Calmado)
Un siervo de Dios que antes se cortará la lengua con los dientes que hablar si no lo prometéis. Y si tenéis miedo, ponedme en el tormento para probar que ni por la fuerza bruta saldrá una palabra de mis labios para decir lo que sé.
REY (Con los ojos fuera de las órbitas y rojo de ira)
¿Yo miedo de ti, rata asquerosa?
BELLIDO DOLFOS (Sin inmutarse)
Puede que de mí no, pero sí de tu hermana Urraca, que podría haberte preparado una emboscada para acabar con tu vida.
REY (Algo más calmado)
Me has convencido. ¿Qué debo hacer?
BELLIDO DOLFOS
Primero acompañadme hasta la ermita del abad con varios de los vuestros para jurar que nada haréis a los zamoranos cuando entréis en Zamora. Luego iremos los dos solos hasta el pasadizo. Vos podéis ir armado y matarme si os traiciono.
REY
Sea. No perdamos más tiempo.





CUARTO CUADRO

En la ermita del ABAD. El REY y sus acompañantes están de rodillas ante el altar. A un lado el ABAD y apoyado en una columna adosada del ábside BELLIDO DOLFOS. 

ABAD (Al REY y a sus acompañantes)
Según lo convenido, debéis jurar que respetaréis a los zamoranos una vez dentro de la ciudad. ¿Estáis de acuerdo?
REY (Molesto)
Formulad el juramento, que nosotros haremos lo demás. No perdamos más tiempo.
ABAD
Por Nuestro Señor Jesucristo y su Madre la Virgen María, ¿juráis respetar la vida y las pertenencias de los zamoranos en cuanto os halléis dentro de Zamora?
REY
Venga, sí, juramos. ¿Y ahora qué? (Poniéndose en pie e imitándole sus acompañantes)
BELLIDO DOLFOS
Ahora, vuestros guerreros deben salir de la ermita y volver al campamento. Y también el abad. Y una vez estemos los dos solos, hablaremos.
REY (A los aludidos)
Haced lo que dice.

(Salen los acompañantes del REY y sus acompañantes)

BELLIDO DOLFOS (Oyendo voces en la puerta)
He dicho que deben volver al campamento.
REY (Voceando a los que charlan fuera)
Marchaos. (Se oyen pasos alejándose, luego silencio. A BELLIDO). Ya se han ido. Volvamos a lo nuestro.
BELLIDO DOLFOS (Persignándose)
Dios nos dejó ordenado que nos amáramos los unos a los otros como hermanos. ¿Qué significa eso para vos, que odiáis, perseguís, matáis y encarceláis a vuestros propios hermanos? Cristo nos mandó proteger a las viudas y a los huérfanos. ¿Y qué es Urraca, sino una viuda de toda protección y huérfana de vuestro mismo padre?
REY
Yo sólo cumplo con mi deber de rey al reunir los reinos que separó mi padre en el lecho de muerte.
BELLIDO DOLFOS
¿Decís que cumplís con vuestro deber? También lo cumple Urraca, que es obedecer la última voluntad de vuestro padre el emperador Fernando. Y otra cuestión. Jurar en falso es uno de los más grandes pecados contra Dios, y vos lo habéis hecho. ¿Hasta dónde llegará vuestra perversidad?
REY (Esgrimiendo una daga)
Basta de sermones. He venido aquí para que me muestres el pasadizo que me lleve al interior de Zamora. Y si no lo haces al momento, juro, maldita sabandija, que acabaré contigo aquí mismo en la casa del Señor.
BELLIDO DOLFOS
Juramentos, juramentos y maldad, sólo maldad. ¿Qué súbdito acudirá a vos en busca de ayuda contra su agresor? ¿Qué hombre, mujer o niño os pedirá justicia contra quien los ofenda o engañe?
REY (Furioso y acercando la daga a la cara de BELLIDO )
He dicho que basta de sermones, rata asquerosa, que estabas dispuesto hasta hace un momento a traicionar  a los zamoranos. Indícame dónde está ese pasadizo y te dejaré libre. No me lo digas y acabaré contigo en un santiamén con mi daga.
BELLIDO DOLFOS (Temiendo por su vida)
Está aquí mismo (Se aparta de la columna). Presionando fuertemente esta columna adosada se mueve un resorte que dejará abierta una puerta. Al otro lado se halla el pasadizo que conduce hasta el interior de Zamora.
REY (Riendo)
Al fin. (Le entrega la daga.) Aguántame la daga mientras yo mismo hago saltar ese resorte. (Se pone a empujar con todas sus fuerzas la columna adosada del ábside)
BELLIDO DOLFOS (Se aproxima por detrás al Rey y le clava el arma en la espalda)
Muere, rey fratricida, y con tu muerte que Zamora se salve.
(El REY cae muerto en el suelo de la ermita. Luego BELLIDO acaba de abrir la puerta del pasadizo y desaparece al otro lado. Finalmente el trozo de muro, con la columna adosada, recobra su posición.

FIN